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Oswaldo Vigas - Figuras Ancestrales
Eduardo Planchart Licea
El arte para Oswaldo Vigas llena cada
momento de su vida; en ella se encuentran las dimensiones
que delatan sus múltiples fuentes de inspiración,
entre las cuales están su amor por la conversación,
la música, la lectura y la cocina. Entre estas actividades
brotan de su imaginación esbozos espontáneos
que, en un futuro, se convertirán en obras que serán
sometidas a su mirar crítico durante días,
semanas y, a veces, años. Algunos cuadros tienen
la suerte de fluir más fácilmente que otros;
cuando el artista plasma el dibujo en carboncillo sobre
el desnudo lienzo intuye la dificultad que va a encontrar
al llegar a una de las etapas más difíciles
de todo creador: el saber cuándo la obra está
terminada.
“Mi ideal sería que ese trabajo espontáneo
del boceto tuviera ya las proporciones definitivas de los
cuadros, para que no tuviera que intervenir lo racional
que inevitablemente trata de imponerse y muchas veces traicionarnos.”
(Oswaldo Vigas)
Cada pieza nace de bocetos que constantemente
Vigas crea; es interesante constatar la fluidez con que
el artista los realiza sobre cualquier soporte que tenga
a su alcance, desde porta vasos de papel hasta una servilleta
de restaurante o unos tickets de Metro. Muchos de ellos
son coloreados en su nacimiento y, cuando es así,
como diría Vigas, “ya no están
tan en la cuerda floja”. Lo cual no ocurre
con los bocetos que son tan solo líneas pues ellos
se encuentran todavía en el filo de la navaja.
Esta forma de encontrar lo buscado tiene
cierto paralelismo con la filosofía oriental del
Zen o la neo-platónica de las ideas. Si bien podríamos
decir que la mayéutica de Sócrates lograba,
con sus constantes preguntas sobre lo aparentemente obvio,
hacer parir verdades; Vigas da nacimiento a formas inspiradas
en su mitología creativa, que ha ido materializando
durante décadas.
“Cada día estoy más
convencido de que la adquisición más importante
en el arte contemporáneo es el habernos abierto
el camino hacia el pasado arcaico. Cuando uno se mete
en una de esas grutas de la prehistoria, pasarle las manos
a las paredes hace revivir esos momentos grabados en la
roca. Nos remontamos a miles de años atrás,
y eso es presente, no pasado. Cada gesto pictórico
es una repetición de un acto arcaico, y eso es
anterior al lenguaje hablado. La mano sabe más
que la razón."(Oswaldo Vigas)
Para el pintor la búsqueda de lo ancestral es un
eterno presente, otra de las fuentes fundamentales que
nutren su obra. Esta dimensión posee fuertes cargas
simbólicas, de ahí la variedad y amplitud
de su gusto, que incluye el arte prehispánico,
el popular, el arte Maya, el Inca y su especial predilección
por el arte africano; todos conviven en su concepción
del gusto sin ninguna contradicción por ejemplo
con el arte oriental –japonés en especial
que colecciona con pasión- y las más variadas
tendencias del arte moderno y contemporáneo.
Para adentrarse en su discurso visual es útil tener
presente esta universalidad y eclecticismo de su cultura,
pues de ellos surgen las semillas de las que nacen sus
cuadros, esculturas, tapicerías, cerámicas
y grabados, que provocan un hechizo que atrapa al espectador
neófito y deleita al conocedor en los museos y
galerías del mundo donde se ha presentado su obra.
Este impacto estético brota de un
delicado equilibrio entre su libertad intelectual y espiritual,
entre lo racional y lo irracional, aspectos presentes
en todas y cada una de sus piezas; de ahí que cuando
gana el Premio Nacional de Artes Plásticas, en
1952, con La Gran Bruja, renovará a nuestro
mundo intelectual y artístico y, de manera provocativa,
empezará a ocupar un lugar central en la plástica
nacional, escindiendo nuestro mundo cultural e intelectual.
Sus brujas, recreadas en un lenguaje personal,
se enraízan en la indagación visual arqueológica
del centro de Venezuela. Siendo ésta la década
que Venezuela vivió bajo la dictadura de Marcos
Pérez Jiménez (1948-1958), con un control
represivo sobre toda la sociedad venezolana. Sin embargo,
esto no pudo impedir las enriquecedoras polémicas
entre tendencias que protagonizaron personajes de la altura
de Miguel Otero Silva, quien fue uno de sus primeros defensores
en contra de sus detractores.
Existía en el artista tal inquietud
por buscar sus raíces que, en los cincuenta, se
adentra en la Guajira, donde se topa con una dimensión
aún ignorada del arte latinoamericano: los diseños
faciales y textiles de la cultura wayuu, caracterizados
por sutiles estructuras geométricas. Este interés
es propio de una generación y de un continente
que estaba al encuentro de su esencia cultural y espiritual.
Como consecuencia de ello, en los cincuenta, en nuestras
artes plásticas, se reúnen alrededor del
Taller Libre de Arte de Caracas, Alirio Oramas, Oswaldo
Vigas, Mario Abreu, Guillermo Meneses, Juan Liscano, Alejo
Carpentier, Oswaldo Trejo, Manuel Trujillo, Rhazés
Hernández López, Antonio Estévez,
etc. En otros lugares del continente, como México,
se está en el esplendor de las obras de Diego Rivera,
Siqueiros, Orozco y Rufino Tamayo; en Ecuador se expande
la figuración de Oswaldo Guayasamín; en
Colombia Alejandro Obregón y Enrique Grau; en Perú
nos encontramos con Fernando de Szyszlo y, en Brasil,
deslumbra el muralismo de Cándido Portinari. La
obra de Oswaldo Vigas ocupa un lugar fundamental en este
movimiento latinoamericanista que, en Venezuela, fue opacado
por el entusiasmo por el abstraccionismo-geométrico
manifestado por un grupo de artistas nacionales al descubrir,
en París, la llamada “Academia de arte abstracto”
de Vasarely, Dewasne y Pillet; y, más tarde, por
el conocido auge del cinetismo.
El lenguaje plástico del artista valenciano se
afirma una vez más en su obra de 2005 y 2006. Sin
embargo, podríamos afirmar que en estos años
se da una inversión cromática en su lenguaje
pictórico al acentuar la relación entre
lo dibujístico y lo cromático. Con frecuencia
la línea, como un abismo, delimita con vigor el
adentro del afuera, como metáfora expresiva de
las dualidades de la existencia. Tanto en el fondo como
en las formas, los grises o la tela cruda, que dominaron
en periodos anteriores, desaparecen, para dar vida a verdes,
rojos y amarillos, colores propios del trópico.
Es el bullir de la vida, característico de la cultura
caribeña que se hace presente.
Surgen personajes, dominados por una línea
que crea tensión con el desnudo lienzo y, a medida
que nacen las manchas, empiezan a brotar atmósferas
que poseen un sentido musical por las armonías
desarrolladas. Cada uno de estos cuadros posee un universo
propio, con cargas emotivas transmitidas por el artista
al materializar su lenguaje visual.
La línea posee un carácter
cromático y, por tanto, no solo delimita sino que
asume diversas profundidades en su aislamiento. Estos
trazos tienen rasgos impredecibles por su ritmo; así,
en La Caída, (2005), el trazo se mantiene
firme a lo largo de los cuerpos abigarrados y en sentido
vertical, rodeados de un fondo verde que contrasta con
el rojo de las aberturas de los rostros, transformados
en sorpresivos centros visuales. Estas pequeñas
manchas de rojo tienen tal presencia en este enramado
de seres que se convierten en fisuras que filtran la vida;
y es en estas aberturas que brota la interioridad del
ser; estos cuerpos están plenos de texturas que
acentúan su expresividad.
Varios de los cuadros creados por Vigas,
entre finales de 2005 y 2006, tienen rasgos totémicos
y una figuración que busca la ascensión,
convirtiendo estos personajes en ombligos cósmicos
que buscan reconstruir una síntesis visual que
proyecte las paradojas que atenazan a la humanidad en
el nuevo milenio, cuando ha perdido la certeza en las
bases de su concepción del progreso y el desarrollo.
Esto se percibe en estos cuadros cuando la de-construcción
y ruptura de los personajes, propios de este imaginario
pictórico, son dominadas por un movimiento gravitacional
que las concentra en si mismo.
La última década de Vigas en Venezuela se
caracteriza, de igual manera, por un proceso de des-fragmentación
y por el manejo de dualismos simplificadores que niegan
el sentido común como guía de la acción;
son éstos rasgos que también se encuentran
presentes en esta figuración desde sus dibujos
de los noventa, tal como se evidencia en la serie de personajes
donde los órganos se intercambian, las partes del
cuerpo, además de ser deformadas, son re-significadas.
Así estamos ante personajes cuyos rostros son dominados
por lo fálico, medio a través del cual el
artista plantea una humanidad dominada y manipulada por
lo sexual. Está tendencia se acentúa en
su figuración con la llegada del nuevo milenio.
Los seres dominados por la inversión crean dramáticas
situaciones; es posible encontrar bocas en forma de vagina,
narices fálicas, traseros en lugar de cerebro...
Recursos que enfrentan al espectador ante una belleza
golpeante que crea un discurso visual revelador de la
visión interior del artista en torno a la humanidad.
El triangulo, la medialuna, el fuego, la
verticalidad y la horizontalidad, están también
presentes en varios de estos cuadros en los cuales estas
formas inorgánicas se transforman en orgánicas,
pareciendo relacionarse con la geometría propia
del arte incaico Paraca, tal como se ve en las alas de
algunas aves de estos diseños textiles formadas
por triángulos y plumas.
Otros cuadros se caracterizan por sus formas
libres y su deformación lúdica, como ocurre
con Composición con figuras y animal,
2005 y Forastero, 2006; son percibidas por el
espectador como una mancha a la que se transmite sentido
al proyectar la dimensión exterior en la interior.
Entre las piezas dominadas por colores contundentes destaca
Figuras Solares, 2006, donde mezcla lo humano
y lo animal en una geometría personal y orgánica.
Estamos ante un lenguaje plástico
que crea un puente entre los diversos niveles perceptivos
de la realidad y que busca una comprensión cada
vez más profunda de nuestra alma. Y así,
reta al espectador a indagar en estas formas primordiales
para que le develen sus secretos. Por esto no solo no
es suficiente verlas de pasada sino que es necesario mirarlas
con atención. Este rasgo del artista, está
vinculado a su pasión por lo simbólico;
por eso en su plástica cada pieza es un torbellino
formal en el que se hace presente una figuración
que busca la multiplicidad y niega la unicidad. Para ello
se aleja de la realidad en su temática, para crear
sus propios paradigmas visuales, que son un aporte a la
historia de las artes plásticas venezolanas. Un
ejemplo es el tema del eterno femenino en su obra, su
zoología y los personajes antropomorfos, motivos
que son hechos con la certeza de que el hombre es ante
todo creador. En los cuadros horizontales, apaisados,
Vigas evita las figuras aisladas al crear conglomerados
de seres de diversos tipos, coherentes con su zoología
y antropomorfismo fantástico, como los perros sin
cabeza, las culebras que esconden sus formas, y los cuerpos
humanos recompuestos en una anatomía simbólica
que renace en cada espectador para reencontrarse en ella
misma.
"La pintura me ha hecho ser más
humano, porque creo que el valor de un hombre está
en proporción directa con lo que él pueda
aportar al descubrimiento de los enigmas del ser."
(Oswaldo Vigas)
Caracas, Venezuela
Febrero del año 2006
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