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A Grandes Rasgos
Marco Rodríguez del Camino
Caracas, Venezuela, Febrero del año 2001
Decimos que los colores son cálidos
y fríos, temperamentales, y siempre hemos tomado
esto como invitación para que a través de
ellos se exprese la emoción, lo más ciego
y mudo en nosotros. Y entonces devienen en percepciones
que permiten verse, que el cuerpo toma como su propia
expresión. Se vuelven cuerpo a la luz, son como
gradaciones de consciencia de una interioridad. Dentro
de las artes plásticas y ya en sí mismos,
por lo demás, los colores representan lo más
puramente plástico.
Y este mismo efecto sensacional o
abstracto, que en principio produce evidencias no figurativas
todavía, causan los planos de la pintura. Por lo
general, y al margen, la línea entra a su vez en
juego conteniendo colores, o demarcando lugares, planos
y formas. A ojos del espectador planos y colores, líneas
y contornos se presentan con la misma espontaneidad de
la lluvia o el brotar de la hierba: saltan simplemente
a la vista desde lo invisible; el cómo hacer esto
es la obra del artista.
Sin embargo, lo que llama nuestra atención
en el trabajo de Luisa Richter no son las formas que da
al magma de esas erupciones, es la manera cómo
se demora, abre y nos señala los pasos de una reflexión
en cada obra. Vale recordar que Luisa empezó pintando
cortes de tierra en Venezuela, colores e iluminaciones
subterráneos (niveles del ver en lo más
oscuro, venimos diciendo: pinturas, expresiones). Empezar
por mostrar cortes de tierra es como explotar la mina
de las artes plásticas: nos da vislumbres del tránsito
de lo que se ve a lo que no se ve. Y desde aquellos cortes
hasta su trabajo más actual, nos plantea la
tierra como espejo de lo que (nos) pasa; y al espacio
entre uno y la tierra (entre la ceguera y el deslumbramiento)
como seno de incubación del cual brota la obra.
Los trasvases entre tales extremos están
a cargo del distraido espectador por vía de enfrentarse
a aquello que lo embaraza. Afirmándose en las correspondencias
que él establezca, la artista le señala
plásticamente el constante camino de la creación.
El camino que recorrido en común con todo cuanto
existe, y en el cual, al seguir el mapa de cada
una de sus obras, vamos descubriendo coincidencias con
las huellas de las hierbas y de las estrellas. Con colores,
trazos y recortes construye piezas que urgan raíces
comunes y despiertan a la consciencia de esos vasos comunicantes,
a partir de los cuales se trama el universo.
Pero vale insistir en la simplicidad de
algo tan complejo, porque la artista no remite a absolutos
sino a los hilos que tejen las cosas individuales; no
a trascendencias, sino a pasos concretos, claros y atemporales.
A conexiones plásticas, esas
que hace saltar a la vista; ellas son el fin que persigue
siempre más allá. Demostraciones de una
claridad que no se da por satisfecha.
Por cierto que, además de marcar
el otro extremo de la ceguera, deslumbrar señala
la dirección del recorrido: va hacia una ceguera
de signo positivo sólo recuperable en la luz. Pues
igual que cuando uno abandona el pueblo natal, regresar
exige dar la vuelta al mundo, haber cumplido un ciclo,
no podremos recuperar la ceguera sino después de
verlo todo, de haber recorrido la entera esfera de la
razón y la luz: de la distancia. Tal como describen
los cuentos de hadas, en la aventura de vivir, dar marcha
atrás equivale a regresión; mientras
que llegar al bosque de los pájaros de luz y quedarse
en él, por otra parte, olvidarse del terruño
que espera, de su carencia de plumas de oro, sería
igualmente un sinsentido. Es decir que la pasión
es el impulso, la libertad (la posibilidad, dice
Luisa) la meta.
Paleta a paleta, trazo a trazo, se acarrearon
a la obra que hoy atendemos la tierra, el oro y el carbón;
y a ella se incorporaron los restos de los naufragios
propios y ajenos de la travesía, como todo espectador
comprueba. Ahondar en esa mina del vivir, abrir a los
ojos el lugar de la vida, desplegarlo en colores
de luz es el extraordinario trabajo que hoy se nos muestra.
Hecho evidentemente con las manos: en dibujos, collages,
estampas y pinturas que a su vez funcionan plásticamente
como habitaciones, grados, planos de comprensión.
Se dice por cierto, que el canto
es la primera respuesta vocal, de la criatura humana,
ante el entorno, y que comienza cada vez que a solas,
o en grupo, uno se absorbe en un trabajo manual. Esto
no es en principio bello, ni feo, no refiere ni a alegría
ni a tristeza, pues hay cantos de agradecemiento y de
queja, es un hecho simple de humanidad. Y es obvio que
en tanto expresividad primordial, ese canto puede
entenderse como la voz de todas las artes en general.
Trata de lo que nos sale del pecho, nos abandona, al contacto
con lo exterior. De eso que las artes nos devuelven formalmente
dispuesto para la comprensión. En obras quehan
de ser transparentes, sin embargo, porque el canto cede
y va desapareciendo con cada herramienta que se interponga
entre el sujeto y su pasión.
Colocada al borde del blanco desde
hace mucho (de las mil tonalidades de blanco que se suceden
en sus cuadros), en ese extremo de la ceguera, trampolín
donde el cuerpo y la pasión ya se pierden de vista,
Luisa pinta óleos que cantan las correspondencias
entre las ciencias y la poética. A un ritmo bidimensional
-dice ella-, levanta frías composiciones
formales, sólidos entrecruzamientos, y muestra
lo que pasa afuera y adentro, nuestra consistencia. Como
toda obra válida, es una trampa para atrapar profundidad
en primer plano, para poner en danza espacio y tiempo.
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