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El Espacio Entretejido
Juan Carlos Palenzuela
Caracas, Venezuela, Marzo del año 1999
Aun cuando desde 1959 Luisa Richter expone
con regularidad en museos y galerías de Caracas,
en su taller pueden apreciarse muchas de sus obras, especialmente
aquellas fechadas desde los años setenta. No es
que su obra carezca de circulación entre coleccionistas,
sino que, más bien, su proceso creativo es muy
intenso. No es por hacer una frase, pero es que, de manera
cotidiana, exclusiva, Luisa Richter se dedica al oficio
de la creación plástica.
De allí que, al plantearse una nueva
exposición de la artista, se tenga en cuenta tanto
su producción reciente, de 1997 - 1998, como obras
de años anteriores, concretamente de los setenta
y los ochenta, a modo de selección.
Volver a ver cuadros de Luisa Richter implica
experimentar la certeza de acercarse a un lenguaje plástico.
El suyo no se distingue por facilitar códigos de
acceso popular. El suyo permanece entre planos y reflejos,
entre cruces y conexiones, entre instantes y componentes,
entre vacíos y plenitudes, entre la memoria y la
metáfora, entre la tela y el papel, en fin, en
los escenarios de la visibilidad.
En su pintura, Richter trabaja texturas,
transparencia y planos de una geometría espacial.
El sujeto de su pintura es el espacio y su fuga. Geometría
en el espacio sin centro ni tiempo, en el cual, a veces,
breves datos figurativos suceden en medio de planos, reflejos
y el persistente sentido constructivo. Fuga por la profundidad
del espacio o la disposición de las líneas.
Fuga por el recurso del damero y por cambios visuales
que genera. Pero ésta ha sido transitoria en su
obra mientras que el espacio permanece y constituye el
eje de su hacer. La fuga, entonces, se invierte en la
idea de lo transitorio. Paralelo a su pintura tenemos
su obra sobre papel, esos collages en base a antiguos
grabados, dibujo, escritura y pintura, donde la artista
muestra el valor múltiple de los signos; todo un
potencial de líneas -(de papel, de pincel, de tinta)-
que ensayan una gramática del espacio -- tiempo.
Las diagonales son muy importantes y constituyen
tránsitos visuales alternativos a las líneas
rectas, a los dinteles, al marco que aparece y reaparece.
De su línea me ha comentado el maestro Iván
Petrovszky que "son de carácter, siempre rectas,
nunca ondulantes y por lo general de gran sobriedad".
Líneas en vínculo y contrastadas.
En alguna época la crítica
habló de expresionismo al referirse a la pintura
de Richter, la misma manera que su paleta era de amplio
registro cromático. Luego, en los años ochenta,
predominaron los acentos azules en su pintura. Eran espacios
cerrados, en perspectivas, en rombos que reflejan oblicuidad
y viceversa, con círculos y cuadrados inacabados
o abiertos, con un color tras el color, con gruesas líneas
que estructuran los fragmentos de lo construidos, con
una riqueza cromática que desplazaba. Progresivamente,
las texturas, la dinámica de la materia y la agresividad
de la imagen.
Después vendría un cambio
no solo del color, sino incluso del recurso de la línea,
muchas veces gruesas y en primer plano, como refundando
lo acontecido en la obra. Timbre de grises y campos blancos
como para signar una melancolía del pintor, de
aquello que constituye una visión en permanencia.
Cuando vemos su óleo "Corte
de tierra", de 1959, encontramos varias señales
de todo su hacer: la luz que viene desde el fondo de la
obra, las enérgicas líneas del pincel que
enmarcan el espacio, un color entre gris, azul y negro
e incluso su firma de autor en letra de molde. La afinidad
con "Contornos", de 1974, es asombrosa. Los
nexos con "La casa del olvido", de 1984, revelan
la coherencia de un pensamiento visual. El fraseo con
"Tacarigua", de 1988, comedido en su formulación,
es propio de una visión que se sostiene en medio
de su renovación. He oído decir a Petrovszky
esta frase que define la pintura de Richter: "Tiene
el cromatismo de la música de cámara ya
que con pocos instrumentos alcanza la pureza tonal".
Roberto Guevara se refería, en 1980,
a las telas de Richter como el "lugar de verificación",
aquélla de la verdad individual, aquélla
de la imagen como una experiencia de la realidad. Así
mismo Guevara señalaba "el doble ámbito
de los tiempos" que implica esta obra, por lo que
también entendemos el espacio dual de la visión
entre la condición interior del ser y los datos
eternos de las circunstancias.
Ese doble ámbito Luisa Richter lo
elabora a partir del blanco, de tonos blancos que puedan
alcanzar el gris o atmosféricos azules y cruzar
por medio de restos de ocres. Blancos de gruesos y fuertes
trazos, blancos que pasan de uno a otro plano. Línea
y color en un proceso de expansión o concentración,
de instantes y perímetros. "Espacio Plano",
fue el título de una serie de óleos suyos
mostrados en Venecia en 1978. El blanco, dice Cirlot,
"en cierto modo es más que un color"
y seguidamente la atribuye el valor de simbolizar la totalidad
y la síntesis de lo distinto". El blanco,
entonces, como un elemento único que es, a la vez,
atmósfera, materia, línea, gestualidad y
signo. El blanco es la reafirmación de la imagen
sensible.
Todo lo anterior para volver al punto primordial
según el cual la obra es materia y forma. En el
caso de Richter, sus formas expresivas no solo son cuadrados
y rectángulos tradicionales, sino incluso pequeños
óvalos, largos rectángulos y muy grandes
o reducidos formatos. Además, no solo integra tela
y papel, sino que incluso toma para sí, fragmentos
de obras suyas - que por alguna razón no le interesó
en su integridad - para reincorporarlas a nuevas creaciones.
Su sentido del collage, en conclusión, no solo
sucede en sus trabajos sobre papel sino también
en sus cuadros.
La materia continúa condicionada
por lo acumulativo, aunque desde que impera el proceso
en base al blanco y el gris, su espacio, su signo, su
grafía, se hace tras la luz, sucede tras su arquitectura.
"entre la luz y las cosas" - diría ella
misma. Luz que en su caso, tal como advertía María
Elena Ramos en 1988, se comporta "como un hacedor
de lo fluido, de lo inacabado".
A lo largo de los años la obra de
Richter se caracteriza por una síntesis del lenguaje,
por una persistencia de la pregunta existencial, por un
empeñarse en lo visual que se fundamenta en la
transmutación. Su obra es el resultado de una interiorización
y su convocatoria se produce en el enigma que pudiera
reflejarnos. "La pintura, dice la artista, trae a
cada instante una nueva sorpresa".
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