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La Pintura, las Ideas y el Mundo
Físico.
Ricardo Pau-Llosa
Miami-USA, Junio del año 2002
Las pinturas de Luisa Richter, más
que las de cualquier otro artista relevante de las últimas
cuatro décadas, han desmentido rotundamente la
cantilena plañidera que proclamaba la muerte de
la pintura. Esto se ve confirmado no sólo por la
proximidad textural de sus telas, la amplitud conmovedora
y controlada del gesto, o la inteligencia de sus estrategias
cromáticas., También lo confirma el hecho
de que Richter forma parte del puñado de artistas
vivos que realmente piensan cuando pintan y dramatizan
las condiciones por medio de las cuales cobra vida el
pensamiento estético. Richter es una gloria tanto
del arte Europeo, particularmente del de su Alemania natal,
como del de Sudamérica, donde es una figura reverenciada,
especialmente en Venezuela, su segunda patria.
En su casa de concreto y vidrio de severo
estilo Le Corbusier, construida en la cima de una montaña
cubierta de rica vegetación, en las afueras de
Caracas ha ejecutado algunos de los cuadros más
sorprendentes de su generación. Lo que los hace
importantes es su habilidad para captar la acción
de abstracción de la imaginación pictórica
y comprender los fundamentos del pensamiento espacial,
al mismo tiempo que clarifican el proceso por el cual
se logran estas hazañas creativas. En términos
más simples, las pinturas de Richter aglutinan
los dominios intuitivos y analíticos del pensamiento,
y sirven como ventanas introspectivas (por oposición
a las estrechamente autorreferenciales) desde las que
se divisa esta simultaneidad, esta poética de la
pintura. Lo que en otros artistas es un numero registro
de la acción y la pasión, o el deleite en
la materia y el color, en Richter se transforma en un
acto casi metafísico-el de hacer tangible una idea
que, paradójicamente, no puede ser contenida en
la imagen, aun cuando es, al mismo tiempo, inseparable
de ella.
Es como si cada pintura planteara una pregunta
inefable, y como si dicha pregunta, más que la
respuesta, fuese siempre el principal objetivo de la obra.
¿Que permutaciones de un círculo pueden continuar
significando el infinito aun cuando hayan dejado de ser
círculos? ¿ Pueden un círculo o una esfera
ser representados, y por lo tanto concretar una presencia
a nivel mental, por medio de una porción cualquiera,
un arco o algún eco de redondez?
¿y de qué forma altera al arquetipo las sombras
y la fragmentación? ¿ Qué papel juegan nuestras
frustraciones relativas a la fragilidad o intratabilidad
de la materia en el deleite que encontramos en la luz?
¿de qué manera la refracción o la dispersión,
o ambas, exaltan la idea de la forma, que constituye una
amenaza para su visibilidad directa?
No se trata de una pregunta oculta perturbe
cada pintura de Richter, sino de que cada pintura obliga
al espectador a conjura esta clase de preguntas. A su
vez, estos interrogantes nos hacen regresar a la pintura
para disfrutar de sus líricos laberintos de luz,
gesto y forma. En esencia, las pinturas de Richter se
encuentran en la temporalidad de la creación como
acto en el que los fundamentos de la percepción
se unen de maneras nuevas casualidades y secuencias, nuevos
parámetros.
Estos sensuales torbellinos de pensamiento
y materia proponen un nuevo conocimiento del tiempo. Si
bien artistas anteriores destilaron imágenes texturales
abstractas y no referenciales de la "realidad",
Richter pregunte si no se está llevando a cabo
un viaje simultáneo del pensamiento , si la pintura
como imagen y la forma como esencia no son igualmente
atraídas hacia la vida, el reconocimiento y la
función. La temporalidad de la imaginación
tiene que ver, precisamente con una gravedad doble. Richter
absorbió la sensibilidad hacia lo geométrico
del modernismo inspirado en el constructivismo y de sus
sucesivos herederos, especialmente en Venezuela, cuyos
artistas cinéticos dominarían el escenario
de posguerra. También hizo suyas una variedad de
tendencias informalistas y abstractas que tuvieron mayor
preponderancia en Europa y Norteamérica durante
ese mismo tiempo.
Su luminoso entorno tropical también
empujó a su imaginación hacia las serie
de libertades físicas que habrían sido difíciles
de aprovechar en otro medio.
La Marca de una gran artista, como lo es
Richter, es la habilidad para transformar aquello que
alguna vez ejerció su influencia sobre ella de
manera tal que debido a su obra no podamos volver a pensar
en estos orígenes de la misma forma. Ella a levado
la forma geométrica, la abstracción gestual,
el color y la luz al nivel de imágenes y premisas
del pensamiento. El ojo se desplaza de superficies guijarrosas
a insinuaciones de pigmentos, como si cada pintura -tanto
un paisaje incontenible como una arquitectura luminosa-
intentara volverse tan compleja e inmediata, compartimentada
y simple como el mundo mismo.
Gracias a Luisa Richter, ya no es necesario
que nadie se disculpe por la implacable fertilidad de
la pintura.
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