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Frank Hyder
El rostro
como mensaje
José Pulido
He ahí a Frank Hyder pintando:
puede ser sutil con un brochazo y abrumador con una pincelada.
A sus personajes se les pone la piel de mimbre; la epidermis
se les vuelve un encantamiento de madera tallada, de virutas
y conchas; un enmascaramiento de bambú. Es un colorista
que mueve sus tonalidades como viento en follaje, como
remolino en agua, como incendio en montaña.
Cuando Frank Hyder pinta, invoca con maneras
sencillas la trascendencia de las cosas que importan y
que subrayan la trayectoria humana, esa estela que ha
dejado sus huellas en olimpos y pantanos, en bosques y
piedras, en la savia y la corteza, en el espíritu
y la carne.
No hay dejadez ni pereza en su oficio: lo
ejerce con la misma pasión que han esgrimido los
artistas de todas las épocas, y esa intensidad
significativa, transforma cualquier cuadro suyo en una
puerta que atraviesan las culturas más ignotas
y disímiles.
Esa trascendencia implícita en el
trabajo de Hyder, catapulta invariablemente su obra hacia
el ámbito de los museos. Es como el vuelo del águila,
que fiel a su esencia, culmina la elipsis en el tope de
las serranías. Aunque el desarrollo de su personalidad
creativa se fue mostrando en galerías acuciosas
de Estados Unidos y América Latina, sus piezas
desbordan la intimidad de los espacios breves, atraen
el interés de la investigación y el torbellino
de los espectadores. Estos, invariablemente, experimentan
un temblor de peregrinos cuando descubren las caras suspendidas
en el misterio de sus telas.
La faz y el medio ambiente
La crítica ha destacado su persistencia
en la defensa del medio ambiente y de las culturas indígenas
de todo el continente americano. Su pintura se ha sumergido
en los materiales y los colores, que evocan la vida del
hombre sembrado en la selva y en la historia.
Pero Frank Hyder ha macerado un nervio fundamental,
ha encontrado una veta que le sirve para extraer las fulguraciones
del mito y la poesía: un cuadro suyo puede devenir
en algo tan nuevo y tan antiguo a la vez como un atardecer.
Porque en la realidad y el delirio de su taller, el artista
se ha dejado llevar hacia los predios donde reina el símbolo
más importante de todos: el rostro humano, la faz
del hombre.
Todas las civilizaciones que florecieron
y se marchitaron en el planeta, todas las altas culturas
que motivaron al ser humano para que se debatiera entre
la búsqueda del conocimiento y el hallazgo de la
fe, se siguen asomando al presente a través de
caras esculpidas en piedra, fundidas en bronce, talladas
en madera o cocidas en barros perennes. Predominan en
templos asiáticos, africanos, europeos, americanos
y saltan en la mente con sólo pronunciar nombres
puntuales como Esfinge, Grecia, Roma, Birmania, Tailandia,
India, China, Buda, Maya, Azteca, el Cuzco, Isla de Pascua.
La cara es el libro donde están escritos
los sentimientos y los pensamientos del ser humano. “Cuando
el hombre vuelve su rostro hacia la luz, su faz resplandece
de claridad”. Esto podría aplicarse en el
modo de mirar, bajo la luz del trópico, esas caras
que Hyder revela usando los colores de su pasión
americana.
Rostro y religiosidad
Cuando cayeron los ídolos paganos
y Dios fue uno solo, los templos no podían mostrar
su imagen, porque nadie conoce su cara. Insistieron, entonces,
en que el hombre fue hecho por el Señor a su imagen
y semejanza. El rostro humano estaba allí para
mostrar un posible rasgo del Todopoderoso. El Papa Gregorio
El Grande, terminando el siglo VI, dijo que muchos miembros
de la iglesia no sabían leer y que no hacía
daño enseñar a través de la pintura
la palabra de Dios.
Los textos sagrados han enfatizado: “La faz de Dios
se relaciona con su esencia, y por eso es imposible contemplarla”.
Y aunque se ha afirmado que “Nadie ha visto nunca
a Dios”, en el Capítulo 4 del Apocalipsis,
Juan, el teólogo, señala que vio: “…un
trono establecido en el cielo, y en el trono, uno sentado.
Y el aspecto del que estaba sentado era semejante a piedra
de jaspe y de cornalina; y había alrededor del
trono un arco iris, semejante en aspecto a la esmeralda”.
Jaspe y Cornalina. Frank Hyder crea y recrea
rostros de tal tenor. Y también pinta caras que
a su vez, en la narración de sus historias, aparecen
pintadas para darle continuidad a los rituales de la vida
y de la muerte, de la paz y la guerra, de la iniciación
y la esperanza.
La cara es un tema que abarca todo: es como
una religión en sí misma. Cualquiera puede
perderse en divagaciones al respecto, pero es perentorio
afirmarlo: nadie ha podido ver su rostro directamente.
Al hombre sólo le es permitido contemplar y conocer
su cara a través del espejo o del retrato. Solamente
los demás miran las caras de los otros y viceversa.
La cara sufre a la intemperie, pero en ella
se guardan los sueños y los cinco sentidos y eso
le otorga un mayor significado a la pintura de Frank Hyder.
El ha comprendido que la faz es eterna, como las rosas
y los pájaros. La cara representa al ser humano
de cuerpo entero: está en las cédulas, los
pasaportes, en las lápidas y los afiches, en las
vallas y en los salones de la fama.
Los maorís de Nueva Zelanda han preservado
su identidad en rostros de madera; en Nigeria aparecieron
cabezas de bronce tan perfectas que con ellas se puede
saber a ciencia cierta cómo vivían y pensaban
los nigerianos de tan lejano pasado. Tlaloc, la divinidad
azteca de las lluvias, trajo hasta el presente un rostro
hecho con serpientes, como si la medusa se hubiese mirado
a sí misma; y la serenidad de Buda deslumbra en
una cabeza del siglo III, realizada por la escuela de
Gandhara.
Y hablando de enseñanzas: he aquí
la escuela de Frank Hyder, sustentada en significados
antiquísimos y en verdades contemporáneas.
Una saga de cuadros, para que los espectadores del futuro
conozcan el arte de un hombre que, mezclando colores y
amores, invoca la salvación de los árboles
y los animales, de las selvas y los ríos. He ahí
el pintor atado a una querencia y buscando con afán
de niño, la fórmula para que el hombre y
la naturaleza no continúen divorciándose.
Por tal motivo es que sus rostros retoñan en la
poética del reino vegetal. El pintor jamás
asume un trabajo prosaico, porque utiliza su taller a
manera de cosmos. No en balde se comenta en predios urbanos
y también en las afueras, que Dios inspira a los
artistas, mañana y noche, para que se desesperen
actuando a su imagen y semejanza.
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