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La Aventura Interior
Abel Ibarra
Grafías, Símbolos
y Rituales
No se debe intentar una explicación
de los signos y grafías que Luis Alberto Hernández
utiliza para elaborar cada uno de sus cuadros. Estos sólo
tienen sentido en el contexto global de cada obra suya.
El signo, por sí sólo, no es otra cosa que
la representación inanimada de las cosas que en el
mundo existen como piedras mudas sin comercio carnal con
su entorno. El signo “casa”, representación
formal del objeto “casa”, no significa nada
hasta que el hombre lucha por conseguirla. Luego la habita,
la llena con sus deseos, con su trajinar cotidiano y con
sus sueños. Entonces, el maravilloso objeto se transforma
en arca de la alianza (consigo mismo y con el hombre), para
que lo humano se manifieste a plenitud y la casa de todos
los días deviene símbolo de una conquista
y de una experiencia hercúlea que el hombre desarrolla
para que su vida tenga sentido como centro y “ombligo
del mundo”. Es decir, cobre significado más
allá de las frías cuatro paredes a las cuales
se refiere la palabra “casa” cuando trata de
nombrarla.
Otra vez, los signos no tienen significado
importante por sí solos, baste que el hombre los
organice en un plano de comunicación distinto al
de su procedencia habitual, para que trasciendan su sentido
de postración utilitaria (como en el caso de Duchamp),
hasta convertirse en símbolos, es decir, en sistemas
de representación cargados de un sentido múltiple
y diverso donde se abre un amplio espectro de connotaciones
que complica todo intento de entendimiento racional. En
arte no se trata de “entender” los objetos,
signos y símbolos que conforman una obra determinada.
Por el contrario, todo el esfuerzo de quien observa debe
estar orientado hacia una “comprensión anímica”
de lo observado, donde el intercambio con la obra resulta
un acercamiento inocente que tiende a la contemplación
activa y, por tanto participativa, con el objeto creado
por el artista. Lo importante es “meditar”
sobre las impresiones que ésta nos deja, más
que intentar el desciframiento de los signos y elementos
que la componen.
Llegados a este punto, entramos al paraíso
de la sublimación que nos libera del tráfago
cotidiano y entramos en la eternidad del instante en la
cual nos hacemos “uno” con la obra, en una
ceremonia ritual en la cual somos impulsados a regresar
al tiempo primordial, al tiempo sin tiempo, a la noche
inicial en que el mundo comenzó a ser creado.
Por eso Luis Alberto, conocedor de estos
secretos que se ocultan tras los procesos de la creación,
nos conduce en cada una de sus obras hacia el momento
del caos inicial para obligarnos a recomponer los objetos
que pueblan su universo y, en una labor de taumaturgo,
de señor del fuego, nos guía a través
de un bosque de símbolos para intentar el reordenamiento
de nuestro propio caos interior y, de ese modo, podamos
arribar, victoriosos, al mundo de todos los días
desde una conciencia superior que nos permita vivirlo
como un espacio sagrado que se renueva a cada instante.
No es exagerado decir que Luis Alberto vive
esa aventura interior como la única posibilidad
que tiene para habitar en un mundo hostil, en un tiempo
disminuido como el nuestro. Igual que Duchamp y los surrealistas,
ahogados por las contradicciones de un planeta sumido
en los fragores de la Primera Guerra Mundial, Luis Alberto
ejerce un acto de rebeldía contra lo convencional
y asume, sin posibilidades de vuelta atrás, a todo
riesgo, la búsqueda de una instancia superior del
conocimiento. Los surrealistas, después de haber
asimilado y potenciado los hallazgos del Movimiento Dadá,
sencillamente se dedicaron a poner en tela de juicio todos
los postulados que sustentaban la vida y el sentido de
la existencia de cada cosa que habitó en los comienzos
del siglo XX desde una óptica cartesiana. El Discurso
del Método, fundamento filosófico de la
llamada Edad de la Razón, fue, durante siglos,
el instrumento que signó la vida de todo cuanto
tuviera existencia en el planeta.
Pero si la razón, con todo su catálogo
de normas y preceptos que intentaron conducirnos a una
comprensión exacta del mundo, permite la existencia
de un holocausto como las dos guerras de la primera mitad
del siglo XX, entonces hay que desecharla como asidero
y buscar refugio en los oscuros lugares del inconsciente
para encontrar otro espacio donde lo humano se manifieste
de manera integral. Pues nada, los surrealistas se dedicaron
a reventar los goznes que juntan las puertas de la racionalidad
y se lanzaron a la aventura de hurgar en el inconciente,
lugar de todo lo oscuro descubierto por Freud y objeto
de estudio del más atrevido de todos los investigadores
de los fenómenos que hay en la mente humana como
Carl Gustav Jung. De allí el hallazgo más
prolífico de los surrealistas, entre ellos Magritte,
el más representativo de sus artistas plásticos
y, ahora, de Luis Alberto Hernández, quien, como
posta de relevo, sin distancia ninguna con el genio de
aquellos creadores, fundamenta su trabajo plástico
en la aventura de buscar la obra total situada más
allá de la razón. Ésta, con seguridad,
rebasa los cánones cotidianos en que la crítica
aspira ver ubicado el trabajo de quienes gravitan en torno
a las salas de exposición y las galerías
comerciales.
Y, por tanto, Luis Alberto, tentado por
búsquedas que apuntan hacia los lugares de lo sagrado,
realiza, con su obra, un acto ritual, una ceremonia lúdica
con la cual aspira conquistar ese espacio.
La obra como laberinto
Baste ver el catálogo de obras realizadas a lo
largo de los años y lo prolífico del trabajo
de Luis Alberto Hernández, para entender que el
suyo es un denodado esfuerzo por construir un sistema
comunicacional íntimo, desapegado de las normas
y preceptos que subyacen al trabajo plástico de
la actualidad, generalmente condicionado por un afán
cosmético y decorativo que se aleja de lo auténticamente
creador. El suyo termina siendo una vía extrañada
de los experimentalismos chatos de los últimos
tiempos y sus obras están deliberadamente excluidas
de las búsquedas de escuela pictórica alguna.
Además, el seguimiento de esta experiencia resulta
un riesgoso camino sobre las aguas turbulentas de una
actualidad cada vez más enrarecida por lo banal
y convulso de los tiempos en que nos hallamos. Su trabajo
es la expresión de un acto de rebeldía sosegada
en el cual Luis Alberto nos coloca en el trance de reinterpretar
esa realidad en busca de nuevos cauces para lo humano.
Y esta experiencia es justamente un viaje a través
del laberinto que significa hurgar en esa realidad para
extraer de ella los contenidos más trascendentes.
De tal manera que si estamos de acuerdo
en lo dicho anteriormente y vemos reflejadas estas disgresiones
en el producto final de sus cuadros, también estaremos
de acuerdo en que la obra de Luis Alberto Hernández,
además de prolífica y desafiante, es uno
de los hallazgos más importantes de los últimos
tiempos y en que el resultado final de su trabajo apunta
a la construcción de una caligrafía del
espíritu que se convierte en una ceremonia ritual
situada más allá de lo formal, pero siempre,
tratando de localizar un territorio a medio camino entre
lo mundano y lo sacro. Lo cual no es otra cosa que su
búsqueda de un equilibrio entre las cosas del cielo
al que aspira llegar con sus rituales y el infierno que
significa en Venezuela y, en cualquier otra latitud, la
vida de todos los días.
Hay que decirlo claramente: la obra de Luis
Alberto es una metáfora del viaje
y, cuando hablamos del viaje, nos referimos, aunque parezca
exagerado, a una aventura interior, como la de Jasón
en busca del Vellocino de Oro o la de Ulises, quien a
su regreso de Troya, la guerra magnífica de donde
sale triunfante como soldado, pero derrotado como hombre
que asiste a la consumación de un hecho bárbaro,
decide salir por el mundo a probarse en una nueva dimensión
sicológica y vital.
¿Qué es el laberinto
si no un trastocamiento de los signos exteriores de una
realidad que aparece confusa y desdibujada? Pues eso y
otra cosa más: reflejo del laberinto de la mente
que intenta descifrar las señales del camino para
arribar a salvo a lugares más seguros donde recobrar
la identidad perdida. En su viaje hacia Ítaca,
Ulises atraviesa por un mar de dificultades que le entorpecen
el regreso a su lugar de origen. Ulises, nombre cuyo significado
es “Nada”, sencillamente está desarrollando
una travesía en la cual intenta recomponer los
signos de su existencia para “llenar” ese
vacío del patronímico y dotar a su existencia
de un sentido. Cada una de las vicisitudes que vive en
su aventura resulta un signo equívoco de la realidad
disminuida que debe sortear para finalizar su viaje y
salir airoso del laberinto de confusión en el cual
se halla. Así, hasta llegar a su isla natal, donde
finalmente logra encontrar significado su vida, siempre
desasistida de sentido. Que Ulises sea un tramposo, que
viva elaborando un complejo sistema de ardides para lograr
su objetivo, no es más que la creación de
un código secreto que le permite arribar, paradójicamente,
a un espacio sagrado donde se puede percibir como una
totalidad. Y, de esa manera, logra curarse de su enfermedad
de “ángel caído” en el cual
se transformó luego de su salida de la ciudad natal.
Del mismo modo, Luis Alberto, quien según
sus propias palabras salió en un tiempo remoto
de su lugar de origen, ha estado tratando a lo largo de
los años y en cada uno de sus cuadros, de recomponer
su memoria, fragmentada desde el momento en que partió
de su lugar primigenio, de su paraíso particular,
hacia la urbe prepotente, cosmopolita y engañosa.
Sólo que, ya cometido el “pecado original”
de la partida, no puede volver atrás y sólo
le queda armar como un lego los trazos escindidos de su
pasado para intentar percibirse como una totalidad que
dejó de ser. Y, es aquí, donde justamente
se manifiesta un espíritu religioso que apuesta
a reunir en un solo haz vivificante esas experiencias
pasadas. Los elementos de que dispone son justamente trozos
aleatorios de materiales gastados, piedras del camino,
restos inertes de objetos que tuvieron mejor vida, imágenes
sacras, epifanías que recuerdan la edad primera
de la niñez, en fin, desechos que vagaron por el
mundo buscando destino como recuerdos dispersos de un
pasado prometeico. Y es por eso que como buitres que devoran
las entrañas del héroe griego, los recuerdos
taladran el espíritu de Luis Alberto en busca de
un sentido total para su vida y su obra. Por fortuna,
hábil, sigiloso, a la manera de Ulises, ha logrado
crear un alfabeto que le permite sortear las dificultades
y leer los signos donde su universo se manifiesta de forma
integral.
Allí, el hallazgo de los “Mandalas”,
la forma geométrica por excelencia donde el universo
se manifiesta como una totalidad y representa el punto
focal donde Luis Alberto Hernández y cualquiera
de nosotros que se acerque a su obra “ligero de
equipaje”, como quería Machado, puede recuperarse
a sí mismo en el instante en que nos hacemos “uno”
con la obra y con nosotros mismos.
Caracas, Venezuela
Mayo del año 2007
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