| |
"Los
Inocentes"
Patrik-Gilles Persin
Frente a la obra de Karem Arrieta, ante
tal evidencia, un hecho preciso se impone a cada uno,
neta y claramente: su pintura y sus trabajos sobre papel
no se inscriben en ningún marco habitual estético,
como tampoco en los movimientos del gusto institucional,
y aún menos en las amplias avenidas, tan frecuentadas,
de las pasajeras modas de nuestro tiempo. A partir de
lo cual conviene precisar, que su pintura como sus dibujos,
solitariamente, evolucionan con felicidad desde los refinamientos
de la apariencia hasta las vías más indefinibles,
más oscuras de la ilusión. ¡Así,
la artista hace que numerosos espectadores poco atentos,
apremiados, se confundan. Como ocurre a menudo¡
Aquellos incluso que declaran con complacencia, no ver
allí más que una obra surrealista, o kitsch,
o más aún estática, y por qué
no mórbida y mucho más. Confundiendo todo
del relato y del concepto ¡
Los que, más delicados, toman su tiempo, los que,
mejor que otros, gustan observar realmente, descubren
rápidamente todo un universo fantasmagórico,
absurdo, fuera de lo común e indudablemente único.
Es eso exactamente lo que hay que ver; cada uno por su
puesto observa la obra, sin nunca olvidar lo que quiere
decir figuración.
Hoy sabemos perfectamente bien, que fue necesario el nacimiento
de la abstracción para conocer el verdadero sentido
de la palabra <<Figuración>>; la cual
siempre determinará lo visible así como
las formas. Por intermedio de sus estudios y publicaciones,
numerosos etimologistas o exegetas se entregaron con entusiasmo
a este tema. Esta claro que no debemos absolutamente descuidarlo.
A través de los sistemas de conocimiento y la diversidad
de culturas, Karem Arrieta traza, al parecer con una firme
determinación, su camino creativo.
Nacida en Venezuela, rápidamente se impregnó
de lo que sus raíces le aportaron, le dieron a
ver ó a soñar. Su imaginario es totalmente
excepcional, y la manera como lo usa, nos sorprende y
nos asombra, a veces incluso nos preocupa, o por lo menos
nos perturba. Pero, sobretodo hay que alegrarse de esta
sucesión de versiones evolutivas. Las alternativas
infinitas que nos da de viejas imágenes, caducas,
anticuadas, sudamericanas o no, recuperadas, creámoslo,
en los baúles de esos fabulosos graneros donde
los herederos de las abuelas atentas y tiernas las acumularon.
Es a través de esos recuerdos, en álbumes
y publicaciones para las niñas de las buenas familias,
al estilo casi universal de ese entonces, que Karem Arrieta
parece inspirarse permanentemente. Esto se deriva naturalmente
de la ilusión que se nos da, a partir de su pintura.
En realidad la pintora, voluntariamente,
nos induce al error y nos conduce sobre falsas pistas.
Nos da a ver todas esas imágenes desde el punto
de vista de lo probable y lo posible. Nos conduce así
directamente en la vía de las apariciones, a través
de planos, formas y conceptos mucho más complejos.
La apropiación del tema por Karem Arrieta, o mas
bien de los temas que ella nos destina, son de una cosmogonía
diferente, salidos de unos sistemas de conocimientos inusuales.
Fuera de los convenios, por lo tanto, fuera de las sendas
andadas (ya lo dijimos), nos convence por la ambigüedad
de una escritura que no deja nunca de ser determinantemente
contemporánea. De hecho, si se quiere estar bien
atento al relato, la desmultiplicación de los planos
en la composición pasa por varios sistemas de encerramiento
del espacio. Hasta cierto punto, son claustros con ornamentaciones
diferentes, que soportan emblemáticas imágenes,
generalmente de animales, repetitivas, tratadas en siluetas,
cuya presencia discreta, pero finalmente atractiva, parece
irresistiblemente dramatizar el relato probablemente bienaventurado.
De un cuadro al otro, se encuentran estas mallas, cuadriculas
con conformaciones y ritmos a menudo similares, y cuya
estructura se debe ignorar: ¡cartón recortado,
madera, metal pintado, poco importa! Es, una vez más,
una parte de los sueños de la artista, quien se
propone conservarlos solo para ella. Como quiera que sea,
las distintas profundidades del decorado suplantan antiguos
paisajes exuberantes con aire quizás marcados de
demasiado exotismo, y de muchas referencias.
La imagen, transmutada en icono, de esos niños
fijado en el celuloide, y cuyas miradas no llegan a taladrar
sus ojos de vidrio pintados, casi siempre nos muestran
niños-muñecos, sujetos muy jóvenes
de grabados antiguos, modas descoloridas por el tiempo
y regeneradas por Karem Arrieta que, feroz, decide denunciar
con la mayor firmeza, lo ridículo de una época
afortunadamente pasada.
Más verdadero que real, esta iconografía
<< passèiste >>, no cierra la herida,
sino participa a su supervivencia. ¡Karem Arrieta
no olvida! Pero la pequeña niña que fue,
si tuvo en ese entonces, la posibilidad de consultar esas
antiguas revistas, ciertamente soñó. Ante
esas referencias que hicieron extasiarse las muchedumbres
a finales de siglo XIXº principios del XXº,
se puede también ver en su obra una especie de
patada en el trasero gigantesca hecha por el artista,
a través de una pintura de apariencia ortodoxa,
al clasicismo estético de la pintura académica,
contemporánea con la época de las ilustraciones
infantiles que ella utiliza desde hace años.
Una apariencia de más en esta obra, donde las
carnaciones de porcelana, técnicamente, sutilmente
utilizados, alejan al <<amateur>> de todo
realismo, en beneficio de una poesía rugosa, áspera,
extrema, sin estar nunca privada de sensibilidad. ¡Las
trampas tendidas por Karem Arrieta son numerosas está
en nosotros de no caer en ellas! La cosa no es fácil,
ya que el encanto marcha, a pesar de todas las gradaciones,
generalmente positivas, aquí formuladas. ¿Pero
entonces, cual es el estado de ánimo en el cual
se encuentra la pintora, sola en su taller, ante su tela
en curso? ¡Nadie lo sabe, pero las suposiciones
son numerosas!
La soledad creativa se acompaña a menudo del maravilloso,
voluptuoso concepto de secreto. El secreto y sus turpitudes...
Por supuesto que eso no puede, de ninguna manera, darnos
a ver una pintura feliz, plena, y sin embargo tan desbordante
de vitalidad. No es tampoco el lado opuesto: una obra
desvirtuada, desviada. Aquí, no hay miserabilísimo,
ni todas esas etiquetas en <<istmo>> que ayudan
tanto a los que deciden definir todo acto creativo. Se
habla de una obra que, en un lenguaje que parece simple,
legible, es una pintura reactiva, contestataria.
¿En qué margen está
entonces Karem Arrieta? Evidentemente, ella vive intensamente,
en lo más profundo de ella misma, los hechos terribles
y sublimes de una agitación nacida de la herencia
de la vena imaginaria de sus ilustres ancestros, raíces
incluso de una pasada cultura nacional densa. Constante,
sin duda conscientemente, pinta con una singular coherencia
personajes almidonados, alisados, demasiado impecables
para motivar, hoy, la menor credibilidad. He aquí
protagonistas trágicos, travestidos permanentemente.
Esos adultos disfrazados en niños felices, intentan,
lo mejor posible, ocultar así sus almas marcadas
de heridas profundas, de esos rastros inquietantes que
son terribles estigmas suscitados por la negatividad de
la naturaleza humana perpetualmente provocadora.
La inquietud de Karen Arrieta se lee en
cada instante del cuadro, sin excluir nuevas aspiraciones.
Así se define, con el paso del tiempo, nuevos ejes
principales para la artista. Hechos imperativos que ella
intenta explicarnos por medio de una pintura sólida.
Ya cruzó las inevitables etapas intermedias de
un camino árido que Karem Arrieta recorre con pasión
desde hace más veinte años, cuando era aún
estudiante, en Maracaibo. Y hasta sus ultimas composiciones,
que nos presentan aquí, no ha cesado de enriquecer
un vocabulario, tejer un pensamiento que se basa en un
contexto histórico y social, donde el partido tomado
narrativo destaca el equívoco de la relación
entre la realidad y la representación.
París,
Francia
Julio del año 2004
|
|