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Celebraciones
por Carlos Silva
"Nunca
he podido diferenciar mi sentimiento de lo
percibido de mi sentimiento de expresarlo"
Henri Matisse
Es sabido que casi no se tiene memoria
del color y que éste se aprehende de modo precario,
en situaciones cambiantes que dependen mucho de la luz.
Por ello son frecuentes los casos en los que la señora
que compró una tela advierte al llegar a su casa
cómo "el color cambió", ya no
es el mismo del visto en la tienda. Joseph Albers, quien
más supo del color, había hecho la experiencia
de mostrar un gran número de rojos a cincuenta
personas a fin de que seleccionaran de memoria el rojo
de las tapitas de Coca-Cola; casi nadie acertó
y cuando fue así se debió al azar. Y sin
embargo, con cuánta comodidad se ha instalado Enrico
Armas en el universo cromático especialmente en
los últimos tiempos y cuánto no le es el
público fiel a su escogencia y manipulación
de sus colores predilectos.
En ese mundo del color, tan mutable,
tan incierto y tan subjetivo -por lo que Descartes y Kant,
entre otros, se negaban a conferirle al color el valor
de atributo sustancial de la res extensa-, este joven
autor no vacila en introducir en el espectador toda clase
de percepciones aisladas o sinérgicas, todo tipo
de correspondencias baudelairianas y rimbaldianas, como
sucede en el soneto a las vocales de Rimbaud en el cual
el color va unido al sonido y al grafismo, así
como incluso al pensamiento y a la emoción. Sartre
afirmaba agudamente que hasta el pensamiento puede tener
relación con la emotividad y el cromatismo: "Una
conciencia reflexiva siempre puede dirigirse a la emoción.
En ese caso la emoción aparece como estructura
de la conciencia. No es una cualidad pura e inefable como
el color ladrillo rojo o la pura impresión del
dolor...Tiene un sentido, significa algo para mi vida
psíquica" ( Esquisse d´une théorie
des émotions, 1965).
En una zona del planeta donde se han producido grandes
coloristas como Julio Arraga, Marcos Castillo, Hugo Baptista,
Alejandro Otero y Carlos Cruz Diez, Enrico Armas aparece
y se inserta sin vacilaciones en esa masa cromática
de primer orden, sin tener nada que envidiarle a ellos
porque la escuela de éste se remonta a maestros
tan esclarecidos y creativos como los postimpresionistas
Seurat, Signac y Sérusier, al gran Bonnard, a los
fauves como Matisse y Van Dogen, en una relación
de talentosa proximidad, mucho más que con la transvanguardia
italiana, como se ha escrito. Todo esto -sus puntos de
partida y sus afinidades- se puede advertir meridianamente
al menos desde hace diez años, en la exposición
Espacio activo y en las muestras Al filo de la realidad
(1997), Eclipse total (1998), Viaje imaginario (1999),
Largo camino (2000), Glosa del trazo (2001) y Nombrar
la pintura (2001). Perán Erminy ve con justeza
el núcleo irradiante y nodular de esa operatividad:
Para entender mejor el concepto de
estructura en la pintura reciente de Enrico Armas, con
su majestuoso y hedonista colorido que a menudo se nos
muestra como cuadrículas de ventanas detrás
de las cuales está el enigma de un mundo sin relaciones
de valores cromáticos sino de conatos de dibujos,
signos inacabados que apenas se columbran levemente atrás
del triunfo colorístico celebratorio, de ese jubileo
de impactos cromáticos cuyo frescor aurático
no los priva de la impresión de rigurosa espontaneidad,
tal como una red de colores, tonos y matices capaz de
ofrecer imágenes frescas cuando hay en todo ello
un juego de tensiones muy bien pensado y calibrado; para
comprender más cabalmente ese universo conviene
recordar la diferencia planteada por Jean Pouillon entre
dos términos franceses -que en castellano se reducen
a uno-, structurel y structural. El primero indica cuando
una relación es considerada como papel determinante
en el seno de una organización dada, mas esa misma
relación es structurale cuando es susceptible de
realizarse de varias maneras diferentes e igualmente determinantes
en varias organizaciones; structural remite a la estructura
como sintaxis y structurel reenvía a la estructura
como realidad (Les temps modernes, n. 246, noviembre de
1966).
Es evidente, al observar distintos
cuadros de una exposición de Armas, que lo sobresaliente
y rastreable es lo structural aun cuando el autor produzca
obras monocromáticas porque siempre prevalece un
sistema de oposiciones, así sean éstas pequeñas
a primera vista, sistema que es advertible y manifiesto
no en una sola obra sino en varias composiciones del artista.
El entramado de amarillos, rojos y azules conforma un
léxico primario muy sutilmente operado, como un
"alfabeto de manchas de color organizadas con soltura"
(Roberto Guevara), donde la exaltación y el derroche
cromáticos de ningún modo ocultan o velan
el rigor de una sintaxis de ambición universal,
tal como lo buscaban Matisse en su célebre hombre
azul desnudo y Seurat en La Grand Jatte.
Esta calculada y precisa versatilidad
se nota hasta en los extremos más opuestos, en
ciertas telas, sombrías y austeras y el estallido
reiterativo de colores cuya invención del espacio
pictórico esta superconcentrada en la diversidad
lineal fragmentaria, con repetición ostensiva y
explosiones cromáticas que vuelven sobre sí
mismas cual implosiones.
También es fructífero
comparar la vivaz pero sosegada estructura ortogonal de
lo que podría ser visto como un inmenso políptico
de diversas hojas o paneles contentivos de formas imprecisas,
como en gestación, cual un panal de insólitas
criaturas, con un verdadero mural donde en el campo amarillo
predominante las figuras van apareciendo con tal libertad
que parecen desconcertadas, muy disímiles en su
morfología, en su peso semántico y en sus
principios sintácticos, con un movimiento acumulativo
de elementos y relaciones, tal como se lee un cuadro,
de izquierda a derecha.
En ambos casos encontramos, no obstante,
que se trata de dos todos formados por fenómenos
solidarios tales que cada uno depende de los otros y no
puede ser más que por su relación con la
alteridad. Dicho de otro modo, que cada obra de arte sea
un fenómeno único no implica de ningún
modo que sus estructuras sean intransferibles e irrelacionables
pues en el fondo ellas son la ordenación interna
de las unidades que forman su sistema lingüístico
y por ello la estructura en Armas puede encontrarse en
procesos y conjuntos diferentes sin que se extravíe
ni por un centímetro la unidad estilística
de sus productos.
La estructura multipolar de las pinturas
de Armas es tan fuerte como puros significantes que al
observarlas, uno recuerda la lapidaria frase de Lacan:
"El orden del símbolo no puede ser concebido
ya como constituido por el hombre, sino como constituyente".
En otras palabras, el hombre es hablado y no quien habla.
La obra de Armas se enseñorea de sí misma
en su devenir fenoménico, sígnico y explicativo
aun partiendo de una génesis muy sencilla porque
si bien toda estructura tiene su génesis, toda
génesis tiene una estructura -como apuntaba Ernst
Bloch y no tautológicamente sino en el intento
de salvar una explicación racional del universo
y, sobre todo, del hombre. No hay en el arte una preformidad
válida ni tampoco una verdadera epigénesis;
todo en el se va haciendo dialécticamente y los
modelos se rompen como se hace en la fundición
a cera perdida.
Con lo anterior se indica cómo
ante un cuadro del artista predomina la estructura como
una implícita advertencia de que todo el aspecto
libérrimo de la estructura (potenciado por la velocidad
técnica del acrílico), está muy lejos
de cualquier tipo de acracia o anarquía principial,
pues aun en la teoría del caos los fluidos se hallan
ordo et mensura, orden y ponderación. Pero ello
no significa que ciertas telas se hayan producido bajo
el signo de la preformación, de un preformismo
exigentes ab origo, como una energía constituida
cual embrión que sólo debe esperar el paso
del tiempo y de la temperatura para desarrollarse. Todo
esto diferencia a Armas del neoinformalismo de la transvanguardia
de Palladino y Bonito Oliva, climas que son apenas una
versión light del Expresionismo de la modernidad
de autores como Nolde, Munch, Kichner y Soutine.
El sesgo de lo abstracto no es de cierto independiente
e irrelevante en la pintura de Armas. Para hacer más
notoria esa kunstwollen o voluntad de arte hacia la abstracción,
el autor introduce de vez en vez referencias icónicas
como un pequeño caballo -figura y ente que siempre
lo ha obsesionado.
Y es que abandonar el universo de
la representación objetiva es un paso riesgoso,
es descubrir y al mismo tiempo instalar el desierto, según
lo escribió Malevich; es apresar nada más
que el aura perceptiva con la cual los entes proclamaba
su presencia en el mundo.
De tal manera, es un absurdo de la
crítica de arte formalista, pretender que es lo
mismo un cuadro figurativo que uno abstracto en la producción
de un artista. La figuración que planteó
Armas con su escultura ecuestre, no podía ser leída
sólo como volumen y masa y formas en el espacio:
remitía al significado de ciertas figuras agrupadas
por el artista bajo la advocación del caballo,
y permitía al espectador hacer preguntas sobre
la relación significante-significado, sobre simbolismo,
alegorismo y su compleja historia de la imagen de ese
animal a lo largo de las diversas culturas del planeta.
Por el contrario, o mejor dicho,
en una dirección adversa, una estructura cromática
abstracta de Armas nos coloca en medio de la pérdida
del objeto a partir de las vanguardias de la modernidad,
nos sitúa sólo en la jouissance del puro
acto de pintar, sin recurrir a motivos figurales. Incluso
un pintor figurativo como Matisse comprendía muy
bien su propio estamento posicional en el arte cuando
escribía: "Exponer mi manera de pensar no
consiste en hacer una apasionado reflejo de un rostro
humano o un gesto violento. La totalidad de los esfuerzos
de mi pintura son expresión".
El principio de realidad se vulnerado de muerte con la
abstracción al desaparecer cualquier otro compromiso
que no sea el estético y la eticidad que ello conlleva.
Y si el arte es como afirma Baudrillard, un suscitador
de afectos, entonces el de Armas lo es en grado máximo
con su obra eminentemente colorística pues no deja
de ser cierta la glosa baudelairiana de que si la línea
dibujística pertenece a la razón (Ingres),
el mundo del color va hondamente unido a lo afectivo (Delacroix).
Nada más inestable, precario y volátil que
lo subsumido bajo el signo de lo cromático y, sin
embargo, nuestro autor logra una estabilidad afectiva
como lo suelen conseguir los verdaderos maestros del color.
Aunque la vida y el arte pertenecen
a dos dimensiones muy distintas -lo biótico y lo
metabiótico- que a menudo se oponen, Armas las
unifica en sus mejores obras, apelando al flujo dionisíaco
y hedonista por el cual la obra de arte, como afirmaba
Oscar Wilde, debe ser amada no por lo que simboliza sino
por lo que es, y un cuadro, decía Derain, es ante
todo una superficie llena de líneas y colores.
Claro que esta no implica una reducción formalista
pues si bien la obra pictórica de Armas no es simbolista,
todo el mundo del arte se fundamenta en ser símbolo
de una inteligencia de la indigencia vital humana. No
se trata, pues, de que tenga que haber un simbolismo específico
en cada obra de arte -en este caso las de Armas- sino
en el valor del arte como símbolo general de una
actividad imaginaria y operativa.
La materia es en Armas esplendorosamente
rica; el acrílico es usado en su rapidez de secado
con la versatilidad y el brillo que requiere esa técnica,
distanciándose en niveles de profundidad de lo
que se haría con el óleo, pues el autor
quiere mostrar todo en una absoluta presencialidad, sin
veladuras, apurado y obediente al quehacer acelerado de
la pintura al acrílico, de tal modo que color (afecto)
y forma (razón) son indistinguibles porque se ha
llegado a la fruición de una fusión invocada
y reclamada por la pintura de los fauves.
La instancia de un arte apolíneo
no tiene por tanto cabida alguna en el arte de Armas quien
siempre opta por Dionisos por la pasión de entender
la obra como una manifestación de la vida y no
del puro intelecto.
Nada más lejos de él
que los racionalismos, de tal modo que cualquier intento
de reflexión es un exceso fuera de todo lugar en
la plástica de la pintura moderna y posmoderna,
parece decirnos Armas. Por último, ¿cuál
es la relación entre la pintura de Armas y el entorno
natural del hombre, entre éste y la naturaleza?
Alguna vez hemos anotado que la naturaleza ya no existe,
al menos para humanidad densamente concentrada en las
regiones postindustriales del planeta, y es allí
donde se toman las decisiones, donde se dan las ciencias,
las artes, la tecnología y se encuentra la representatividad
de la especie humana, mientras que las inmensas zonas
restantes, cada vez más alejadas de las primeras,
no son más que ingentes reservorios de materia
prima, fuerza laboral barata y de consumidores de bagatelas
y espejismos.
Estar no es lo mismo que existir.
Existir significa literalmente "ser o ponerse fuera
de sí mismo", modo de ser permitido por la
razón-lenguaje o, por lo que en rigor el único
existente del universo es el hombre. Sin embargo, se ha
ampliado el concepto de existencia a todo aquello real
al cual el ser humano, como referente, le confiere significación,
aquello que-es-para-el-hombre. Los Agujeros Negros estaban
en el cosmos desde hace millones de años, pero
sólo comenzaron de veras a existir cuando hace
menos de cuatro décadas fueron primero teorizados,
luego comprobados empíricamente y después
divulgados. Lo mismo, pero en sentido inverso, ha sucedido
con la naturaleza: el proceso de aglomeración masiva
en las urbes y la consecuente transformación de
éstas en circuitos cerrados, autosuficientes, llegó
a niveles críticos ya a mediados del siglo XIX
en Europa, y la progresiva pérdida del sentido
vivencia de la naturaleza se reflejó en ese último
gran intento de recobrarla que fue la pintura impresionista.
Ya los postimpresionistas como Gauguin, Van Gogh, Rousseau,
Seurat y Cézanne la inventan, y en siglo XX en
ninguna de las vanguardias históricas la naturaleza
estuvo presente en los grandes centros metropolitanos
definidores de la época y sus necesidades. Hoy
en día es una vaga alusión como franja de
insumos. La naturaleza, pues, ha dejado de existir, y
desde hace algún tiempo.
Los citadinos que hacen excursiones
-apertrechados como si fueran a otro planeta- a la Gran
Sabana, por ejemplo, llevan consigo todo lo necesario
para no experimentar la vivencia de la naturaleza, no
sólo por detalles que cuentan como mantenber encendido
un ensordecedor equipo de sonido y el embadurnarse de
tantas lociones que no pueden aspirar ningún olor
natural, sino porque no saben nada, no pueden descifrar
en absoluto lo que ven, tocan o gustan; desconocen los
nombres, las propiedades y el lenguaje de las plantas,
no entienden lo que los distintos vientos anuncian, no
reconocen ni la fauna ni los matices climáticos;
no distinguen lo ofensivo de lo inofensivo. Ante un cielo
estrellado sólo pueden dar cuenta, cuando más,
de una de las fases de la luna, ignoran cuáles
son los planetas y por supuesto las constelaciones. Se
conforman -y no hay otra opción- con un simulacro
como lo fueron el Land Art, el Earth Art y el Arte Ecológico,
pues al fin de cuentas, como lo indicó Baudrillard,
el hombre contemporáneo vive tanto de los simulacros
que él mismo ha pasado a ser uno.
Yéndose a los extremos, Wilde
aseguraba: "¿Qué es la naturaleza?
No es la madre que nos dio luz: es creación nuestra.
Despierta ella a la vida en nuestro cerebro. Las cosas
existen porque las vemos y cómo las vemos depende
de las artes que han influido sobre nosotros. Mirar una
cosa y verla son actos muy distintos".
Armas, a diferencia de otros importantes
autores que se pueden conectar con el problema de la existencia
o no de la naturaleza, como Cruz Diez, no propone una
naturaleza alternativa, esto es la obra de arte como tal.
Él pretende rescatar los reinos fitomorfos y litomorfos
al menos en cuanto a su gama de tonos y matices, de pigmentos
magníficos que no deben desaparecer de la memoria
colectiva e individual de cada urbanícola.
La superposición parcial de
lo colorístico fragmentario sobre esbozos geométricos
nos da a colegir cuánto hemos perdido con ese extravío
de la naturaleza cuando ella predominaba en todos los
campos de interés humano. Mirar un cuadro de Armas
es como plantarse frente a una nostalgia anticipada -y
no triste sino vivaz- por lo desaparecido que no es más
que nuestra primordial unión con la naturaleza.
Es curiosa la posición de
Armas en el actual medio del arte venezolano porque además
de tender a una universalidad del lenguaje -y lograrlo
porque desde un caraqueño hasta un taxista de fuerza
de piernas en Saigón, todos se subyugan al encanto
de la pintura de Armas- , los códigos de su pintura
están al alcance de los iniciados en el arte modernista
y posmodernista, los cuales sacrificaban el número
copioso del público aquiescente por la altanería
y el coraje de contar con unos elegidos que los observan.
La claridad de las proposiciones
de Armas es notable porque no hay ninguna trampa perceptiva
o adulterio visual, sino un alcance territorial conspicuo
en su capacidad de traer todos los tiempos de las conjugaciones
verbales al precario presente de nuestra época
donde hay artistas que de tanto presionarse hacia la vanguardia
se hacen académicos. Armas no; él pinta
como alguno de esos buenos pintores con los que se ha
colmado la insatisfacción del mundo.
Caracas, Venezuela
Agosto del año 2002
Nota Aclaratoria:
El texto que antecede, "Enrico Armas - Celebraciones"
corresponde parcialmente al texto elaborado por el recientemente
fallecido crítico e historiador Carlos Silva, dicho
escrito serviría de cuerpo principal al libro en
preparación "Enrico Armas - Obra e Imagen".
Incluimos el mencionado texto por su significado dentro
la plástica nacional y al mismo tiempo, para rendir
un pequeño homenaje, a quien fue uno de los más
pródigos intelectuales de la historia de arte en
Venezuela y Latinoamérica
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