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Entre los numerosos artistas venezolanos que tuve la ocasión
de conocer y apoyar, ciertamente Manaure estuvo entre los primeros
con quienes se establecieron relaciones de familiaridad, puesto
que éstas comenzaron mucho antes de mi viaje a Venezuela
en 1950.
Aconsejado por Pardo de Legonier, participé
en una recepción donde encontré a Pascual Navarro,
Aimée Battistini y a nuestro pintor, ya aureolado de
una cierta notoriedad pues acababa de ganar en Caracas, a los
21 años, el Premio Nacional de Pintura, y ello le había
permitido venir a trabajar a París. Sin embargo, debió
volver a su país en 1948 para animar el “Taller
Libre”, que inauguró con la exposición de
sus pinturas y dibujos, segunda presentación personal
suya después de la que hiciera el año anterior
en el Museo de Bellas Artes, en compañía de Pascual
Navarro. En su prefacio al “Taller Libre”, Rafael
Pineda notaba con penetración: “la línea
delicada y rítmica... una expresión hondamente
poética, vigorizada... por los tonos melancólicos”,
calificaciones que volverán con frecuencia a propósito
de su obra.
Es entonces un poco más tarde, de regreso
a París, donde se sentía libre, cuando tenemos
nuestra primera entrevista. Todavía veo su rostro afable,
regular, cuadrado, con un pequeño bigote, la mirada aguda,
atenta, sus maneras cuidadas, su aire tranquilo y reservado.
En aquel momento me sorprendió ese trato apacible que
contrastaba con la agitación inquieta de Navarro. Presentí
en él, no obstante, una sorprendente actitud voluntarista,
metódica, una sorda tensión interior mezclada
con el deseo de llevar sus esfuerzos hasta el final. Si bien
irradiaba la seguridad de quien ha luchado desde temprano, se
muestra modesto con respecto a los éxitos que ha logrado
tan joven, los cuales me cuenta con detalle.
Nace en Uracoa (estado Monagas) en 1926; ingresa
en 1941 en la Escuela de Artes Plásticas y Aplicadas
de la esquina de El Cuño en Caracas donde sigue los cursos,
ejerciendo desde poco después funciones de bibliotecario
y como profesor auxiliar de grabado -tanta era su destreza-,
para ganarse la vida. Se convirtió en alumno preferido
de Antonio Edmundo Monsanto, y sobre todo de Marcos Castillo
-a quien confesaré una amistad admirativa- quien supo
inculcarle, como a tantos otros, una notable sensibilidad por
el color. Sus dotes son tan evidentes, que al año siguiente
de haber egresado de la Escuela, en 1946, es nominado para el
Gran Premio.
Intentando ayudarlo lo introduje ante la Galería
Breteau que enseguida le consagró una exposición
en 1950. La suerte continúa favoreciéndolo: es
el único del grupo en vías de constitución
en la calle Trétaigne que es recibido ese mismo año
en el 4o. “Salón de Nuevas Realidades”, entonces
en su apogeo. En el número de Junio de la revista “Art
d’aujourd’hui”, que está en la punta
del combate a favor de la abstracción, el crítico
R.V. Ginderteal, que advirtió la participación
de Manaure, hace notar su particularidad: “Una curiosa
combinación sobre fondo negro, de los ornamentos de plumas
del folklore precolombino, con elementos de composición
dinámica del Kandinski de la época expresionista”.
Así mismo, después de su presentación en
la Galería Breteau, otro crítico, Pierre Descargues,
insiste, felicitándolo, en su carácter singular:
“este poeta violento supo dar vida, una vida misteriosa,
a un mundo inorgánico; supo iluminar con una luz nueva
nunca vista, accesible solamente a los ensueños del espíritu.
Ojalá, Manaure supiera abstraerse de la realidad conservando
en el corazón la pasión intensa, el gusto de drama
que se traduce en estallidos nocturnos de color”.
Gaston
Diehl
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