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Anna Maria Cian
Máscaras y Emblemas
Del repertorio simbólico articulado
en el alto medioevo, y gracias a una tradición envuelta
- entre otras- por persecuciones e intolerancias, plagas, epidemias,
y en una sociedad inmersa en un caudal de crisis permanente,
esta responde con una máxima alegórica: "La
cosa no es lo que parece, es signo de otra cosa".
De manera que este subterfugio, en donde "el hombre medieval
vivía efectivamente en un mundo poblado de significados,
remisiones, sobreentendidos, manifestaciones de Dios en las
cosas, en una naturaleza que hablaba sin cesar un lenguaje "heráldico"
(1), es reutilizado por el Renacimiento en su necesidad de fundar
- valiéndose de un lenguaje hermético, hecho manifiesto
a través de los jeroglíficos- una criptografía
en la que pudieran participar unos pocos, llámese la
clase letrada o la clase socio- política dirigente. Emblemática
que intenta establecerse como género vinsulante entre
el arte y la literatura, entre el artificio y el contenido,
o lo que es lo mismo, entre la imagen y la palabra.
Pues en su carácter de "verdad ilustrada" en
tanto que producto del nuevo platonismo y en su significación
"universal, nutrido de múltiples y diversas fuentes
(bestiarios, proverbios, etc.) el emblema cumple dos funciones
básicas representa e interpreta, es decir, representa
algo, referido a la naturaleza, mitología animalística
o religión, que alcanza a ser res significans, y en donde
se interacciona la palabra trasvasada en escritura esquematizada
o lema; integrante de un cuerpo totalizante, y cuya combinatoria
de ambos es el objeto de lo emblemático.
Pero es precisamente en el Barroco, a través del Concilio
de Trento, que el emblema sufre su mayor metamorfosis funcional:
ocasión sin duda favorable al uso de la imagen como propulsora
y propagadora de la fe. Es así que, de la interpretación
que convertía al emblema en sabiduría de pocos,
pasa a situarse como accesorio mediador para el común,
fungiendo como instrumento de proselitismo político-
religioso.
Y es que su bien iconografía emblemática se desborda
de sus propios contenidos, gracias a sus usos y abusos, ella
cae irremisiblemente en una suerte de vacío ideológico
o de falsa conciencia, que en su paso por la América
Hispana cobra nuevos bríos en la gesta evangelizadora.
Preceptiva que consecuentemente desencadena una "Guerra
de Imágenes" que por un lado, expolia un imaginario
cultural, y por otro instaura una nueva arquitectura icónia
que este nuevo Barroco subvierte convirtiéndolo en voz
de "nuestro ser", manifestación o reacción
que, en todo caso parte del intertexto del préstamo y
la reapropiación. Transgresión que cuestiona -en
este nuevo orden- la obra de guaman Poma de Ayala- en su intención
de utilizar el programa mediatizante del Barroco como una respuesta
profundamente americana desde la discursividad del enemigo.
Es ahí donde se inscribe el proyecto de Miguel Von Dangel,
al reordenar el dilema dialéctico entre el viejo y el
Nuevo Mundo, en relación a la imagen y la palabra, su
conjunción y disfunción. Visto así, el
artista aspira a complementar una lectura de la "imagen"
en el cual, mas que una morfología específica
local, esta contenga y expanda la lectura plástica de
la letra. Imagen de Imagen, pintura del verbo que quizás
busca restablecen una cierta armonía original, dado que
las obras que conforman esta muestra se disponen en función
de una dualidad que parte de una información y que se
muta en significante simbólico, a través del objeto
icónico plástico; interactuando expresamente con
un sentido alegórico esencial que posee la obra de Von
Dangel: las molas indígenas -por ejemplo- son vistas
como significaciones que identifica el pintor como signo de
censura, haciendo uso reiteradamente en sus obras.
En la línea única, Von Dangel amalgama tres instancias
cuales son, el mapa, recorrido o territorialidad, el pentagrama,
la música visualizada desde la palabra del poema y la
letra misma, elementos coincidentes en el sentido que todos
tres resumen, lo sensorial gráfico como estructura icónica,
siendo atravesadas por una línea primera axial que recorre
la tierra y el arte. Inauguración de todas las líneas
posibles es, quizás, la serpiente que se muerde la cola
y que aspira alcanzar el absoluto.
El Jawar-Fiesta, es la representación simbólica
en lo relativo a los signos ancestrales del sacrificio europeo-americano.
Como fiesta de la sangre-según el artista- es un ritual
que hacen los indios del altiplano peruano y boliviano, donde
a un toro le son cosidas sobre la piel de la espalda las garras
de un cóndor vivo. El cóndor desgarra el cuello
del animal hasta que le encuentra una arteria y lo mata. Es
así que la comunidad contribuye para que el toro no se
arranque el animal de encima. Complicidad implícita entre
la comunidad y el cóndor, que alegoriza América,
y el toro, España.
De modo que Von Dangel enfrenta lo local propiamente dicho para
ahondar lo universal, y a fin de cuentas sumergirse en lo esencial
fundacional.
Liberación de la palabra frente a la preeminencia que
hoy se le concede a la imagen visual, desvinculada y forzadamente
globalizante; iconicidad en todo caso efímera, que, como
fast- food se encuentra exenta de cualquier compromiso ético
y estético.
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