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José Caldas o el goce por el
color
Al abordar las piezas que conforman la serie pictórica
de José Caldas, “redescubrir el paisaje: el color
que transita”; inmediatamente nos asalta la escuela de
Sabaneta y su principal mentor y bujía, el fallecido
Maestro Jorge Chacón; particularmente cuando se focaliza
el tratamiento del color, verdadero protagonista en las telas
de José Caldas. En José Caldas el referente pictórico
mas próximo es, sin duda, el color y sus consecuencias
visuales que éste acarrea. Para Caldas el dibujo es apenas
un referencial que se toma en cuenta; pues el mismo no caracteriza
un diseño de la imagen a colorear; mas bien, un boceto,
guía que le permitirá rellenar, ocupar con su
viril gema colorista. El trazo dibujístico será
la trabazón, el esqueleto sustentatorio para poner de
manifiesto la voz enriquecedora del color con todos sus riesgos.
Estamos pues ante una obra pictórica que se sustenta
por y con el color; que no teme ser engullida, así es
que cabe el termino; por ese ser equívoco que para muchos
resulta finalmente el color. En José Caldas la tela se
puebla con una reciedumbre armónica de sus colores, conseguida
por el uso animoso de sus fondos que permiten arribar a totalidades
emocionales como un espectro de luminoso caleidoscopio. Por
sus trazos, la tela se torna vivificada, estallante, lujuriante
de vibrátil nervio. El color, dijo Bonnard, necesita
más razonamiento que el dibujo. Este principio del pintor
nabis, se personifica de manera determinante en las intenciones
plásticas de José Caldas. No son los objetos en
si mismo lo que razona Caldas, no; es sí, esencialmente,
su halo síquico que el color le insufla. La pincelada
que se sostiene por un trazo viril, gestual, envolvente se dirigen
los sentidos; a la sensibilidad del espectador. Los colores
primarios, sus tonalidades y matices embriagan, como quedo dicho,
los sentidos; morfoceando que la tela hacia la única
vía que se permite el autor: color y sólo color.
La virtud que justamente se observa en José Caldas, es
que éste asume una suerte de místico, de visionario,
que posee en alta cota el don de asir las vibraciones, que,
aunque no sean perceptibles por el ojo común, Caldas,
en un raptus taumatúrgico, nos devela su existencia.
En estas telas de Caldas, no se advierte la presencia del hombre
como figura inmersa en el contexto de la obra; de igual manera
no existe aquí historia, anécdota que haga de
soporte comunicativo, no; la presencia del hombre está
dada por sus objetos que de manera implícita lo delatan;
y el mensaje comunicacional sólo lo transmite su insustituible
protagonista: el color. Este punto de vista; esta conceptualización
que Caldas tiene de su quehacer plástico, nos permite
inferir que estamos ante la presencia de un artista que ha sido
conquistado plomo a plomo por ese embrujo que suele producir
el efecto cromático. Esto nos permite especular que algunos
pintores aceptan el color como una suerte de catarsis purificadora;
tal es el caso, para poner un ejemplo local, del Maestro Jorge
Chacón. El color, en este caso, es la vertiente más
próxima para tener contacto con lo que nos rodea. Las
cosas no tienen más lenguaje que las que el color es
capaz de producir; éstas ocupan un lugar especial por
lo que irradian; y la fuerza que irradian es un magnetismo que
solo es consevible por el color. Es, sin dudas, el estado más
alto de purificación.
Santiago Rojas P.
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