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Han
escrito sobre el artista:
Frank Poper
Milagros Bello
Bélgica Rodríguez
Carlos Silva
Juan Carlos Palenzuela
Katherine Chacón
Roberto Guevara
Graciana La Rocca
María Elena Ramos
Enrique Viloria Vera
Federica Palomero
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Flores de Diego Barboza
Katherine Chacón
Un tema, las flores, es apenas un pretexto
para que Diego Barboza nos acerque a dos importantes dimensiones
de su trabajo. La primera de ellas se refiere al hecho mismo
de pintar, acción que para el artista está primordialmente
vinculada con lo propiamente pictórico, es decir, con
el problema –o el gusto- de componer el cuadro. Esto,
que pudiera parecer obvio, es un decisivo punto de partida para
comprender el particular carácter de las obras que se
hallan reunidas en esta exposición, en donde el tema
de las flores tiene mucho del velado dramatismo que caracterizó
a las vanitas.
El espacio del cuadro sigue siendo uno de los
problemas que obsesionan a Barboza, quien siempre busca desarticular
la lógica del espacio real a partir del establecimiento
de relaciones imposibles y absurdas entre los objetos representados
y los planos pictóricos. Desde hace algunos años,
sin embargo, este gesto casi picaresco viene sufriendo un vuelco
dramático. Obras como Cayenas, Entre dos bosques o Selva
interior, presentes en esta muestra, dan fe de ello.
La mayoría de estas composiciones enfrentan
el “ligero realismo” de los elementos florales a
un fondo casi indefinible de “vigas”, que desvincula
el espacio “tranquilamente burgués” de la
composición floral de un entorno reconocible. Estas vigas
–que provienen de la representación que hace el
artista del techo de su taller, hecho de láminas estriadas-
se cruzan para conformar un entramado que sirve de fondo a la
composición y, a su vez, actúa como una antesala
al vacío, al negro. Barboza utiliza este espacio absurdo
para acentuar la atmósfera inquietante y tensa del cuadro:
en algunas obras, trae este fondo al primer plano, en otras,
coloca elementos “flotantes”, no asentados en el
espacio de la composición para destacar la irrealidad
de lo representado.
Esto nos introduce en otra dimensión de
la obra de Barboza: la nostalgia, el ámbito de los recuerdos
y de la memoria. El pastel pareciera ser el material idóneo
para estos trabajos, ya que el artista aplica los pigmentos
con una intensidad inusual a la técnica, otorgando al
cuadro una calidad aterciopelada y borrosa.
Pero si bien este apego a imágenes del
pasado ha sido constante en toda la producción de Diego,
es interesante subrayar la tensión dramática que
viene adquiriendo en sus últimos trabajos, gracias al
tratamiento del espacio del cuadro, al uso del pastel, al oscurecimiento
general de las tonalidades, y a la aplicación del negro
como fondo que remite al vacío.
En el caso que nos ocupa, las flores y los otros objetos –cestos,
figurillas, frutas- involucrados en la "composición”,
cobran una carga significativa asociada más que a la
memoria, a la hondura que conlleva la conciencia de la futililidad
de la existencia.
Las flores, en su delicada y frágil belleza,
en su colorido inocente y pasajero, son quizás los elementos
de la naturaleza que más adecuadamente nos permitan reflexionar
sobre lo que ahora es y mañana no será, el paso
del tiempo y lo que éste se lleva consigo, la realidad
inexorable del nacer y del morir.
Caracas, Venezuela
Diego Barboza
Enseres, Mitología de lo Cotidiano
“Aquel que viva en armonía consigo
mismo, vive en armonía con el universo; porque tanto
el orden universal como el orden personal no son más
que distintas expresiones y manifestaciones de un principio
fundamental “ (Marco Aurelio, 121-180 AD. Meditaciones)
Diego Barboza - Trazos del imaginario
Diego Barboza ha vivido en armonía consigo mismo. Ha
vivido con sus pasiones, sus desafueros, sus tristezas y sus
alegrías, compartièndolo todo con su familia,
con sus màs queridos amigos y sobre todo con la naturaleza
y las cosas màs sencillas que le rodean. Lo màs
importante como artista es que ha sabido como expresar todo
eso en su creación artística. La estética
de sus obras ha dependido de su ética en la vida como
ser y como artista, siguiendo así el principio más
exacto de la existencia. El principio fundamental es que sin
concesiones de ningún tipo, sin extravíos y sin
alaridos estridentes, ha conducido su obra y su vida por un
mismo y coherente camino. Su existencia ha estado ligada profundamente
al arte y viceversa.
El producir una obra rica en sus cambios, importante
en su aporte, sensible en su expresión plástica
y amplia en sus propuestas, este, aún joven, artista
Venezolano y del mundo, ha propiciado una situación de
comunicación colectiva, para usar el mismo concepto que
diò a sus expresiones plásticas de los años
sesenta y las que definió como poesía de acción.
En ese período de interés por el arte conceptual-no
objetual, planteó los perfomances que ofrecía
al público (de Londres y Caracas), aparte de ser rigurosamente
planificados, estaban “cuidadosamente combinados , su
color, forma, textura, para establecer la relación elemento-público-espacio
que da lugar a una obra de comunicación colectiva”.
Manifestaciones efímeras de las que han quedado documentos
impresos válidos para la historia del arte en Venezuela.
(1).
A partir de sus inicios, una de las características
de la obra de Barboza ha sido la distorsión de la imagen.
Como constante, esta distorsión se presenta como la ideología
que anima su trabajo, en el que no se percibe una atmósfera
contestataria, pero si una posición transgresora de la
realidad del ser humano y su contexto. Barboza transgrede los
códigos plásticos tradicionales, estando en control
de cualquiera de los medios que ha seleccionado para expresarse,
sea el dibujo, los perfomances, el collage o la pintura misma.
Al lado de ésto, otra constante ha sido su “preocupación
por el hombre, por la vida, por lo cotidiano (2).
La Vida y el Arte
Desde los primeros y varios encuentros a lo largo de
nuestra vida, he estado cerca de la obra de Diego Barboza. Algunos
encuentros fueron en los alrededores de la Plaza Morelos por
los años sesenta. Luego en Londres por los setenta y
en Caracas en los ochenta. Ausencias por un periodo y unos cortos
reencuentros en los primeros años de la década
de los noventa, marcaron el reinicio de una vieja amistad. Para
Diego son importantes los amigos tanto en su presencia como
en su ausencia. El presente es una transición entre el
pasado y el futuro. Es la porción mas pequeña
de la vida. El presente en la obra de Barboza, es un recordatorio
del pasado y una proyección hacia el futuro.
Diego Barboza comenzó su carrera como dibujante.
Parte de la historia son los dos dibujos que vivieron escondidos
conmigo, “Ciclistas contra el agente 007 y el Cuatrero”,
ambos de 1963. En ellos pueden apreciarse algunas características
presentes en las piezas posteriores. Si volamos de esta fecha
a las obras que hoy realiza el artista, es evidente la coherencia
del proceso plástico y estilístico experimentado
a lo largo de su carrera. Desde el principio se mostró
interesado figuración así como por la distorsión
de la imagen, cada vez más acentuada en el proceso ineludible
de la continuidad. Figuración y Distorsión han
sido dos elementos básicos de su lenguaje formal. Como
dibujante excelente y riguroso la década de los sesenta
lo prestigia, como tal continúa hasta hoy. El rigor con
el que trata la línea, le ha permitido lograr que ésta
se doblegue a sus propósitos expresivos, para así
crear una forma que llene todos los requisitos valoràtivos
formales. Aquí, la distorsión de la forma es un
valor plástico, como ya lo planteamos también
una ideología, y en conclusión es una decisión
personal del artista para liberar sus fantasmas. Luego de las
diferentes incursiones en otros medios, a mediados de los ochenta
pasa progresivamente a la pintura para, hasta su obra actual,
instalarse en ella con propiedad.
Tema e Imagen
En la presentación del catalogo que acompañó
una exposición personal de 1996, las obras expuestas
fueron definidas por Diego Barboza como la continuidad de su
“credo plástico…..sin dejar de lado la libertad
que me permite el encuentro constante de verdades que representan
mi relación con el hoy y el ayer, así como mi
visión del futuro” (3) . Una continuidad sin límites.
Como todo artista, ha recurrido a su propia experiencia existencial
y a su entorno para recrear las imágenes que conforman
sus temas. Pero ellas han sido imágenes “vertidas
no en cuadros de nostalgia por lo irrecuperable- las vivencias
del pasado y del presente huidizo- sino en una vigente conexión
de iconografía y tensas relaciones (a veces evidentes,
otras recónditas)…” (4). Ellas son imágenes
portadoras de una historia transportada al presente por el conjuro
de una creación demiurgica, pero no inventada. El artista
les ha estructurado un contexto plástico para que ellas
existan como objeto y como idea. Una descripción afectiva
permite que el objeto real se exprese sensiblemente, obviando
lo narrativo
De esta manera Diego Barboza manifiesta y expresa su capacidad
subjetiva para evocar lo real (objetos y enseres), en un contexto
pictórico, como fenómeno de un sentimiento plástico
y existencial “barroco”. El horror al vacío
se convierte en definitorio de su interpretación del
conjunto formado por los diferentes objetos. El espacio humano
creativo, referido específicamente a la experiencia sensible
de vivir la cotidianidad de una mesa con diferentes objetos
encima, de apegarse a aquellas cosas aparentemente insignificantes
que siempre le han acompañado, al estudio laborioso de
los grandes maestros del arte universal que lo apasionan o a
la especialidad espiritual de sus perfomances en la calle, definidos
por él mismo como “poesía de acción”,
interactùa con el espacio de contemplación del
espectador.
El Bodegón Hoy
El bodegón, o mejor dicho su esencia, es el tema fundamental
de la muestra que este año 1998 ofrece Diego Barboza.
El tema no es novedad, ni antes ni ahora. Pero si el tratamiento
que el artista le da como propuesta conceptual y formal como
resultado de la exploración de su propia experiencia
personal y de la investigación histórico-artística
sobre la temática. Cada uno de sus bodegones es un fragmento
autobiográfico en varios sentidos. En conjunto ellos
forman un gran paisaje personal cuyo discurso polisémico
puede leerse y ser percibido en varias direcciones. Una de ellas,
por ejemplo, sería la intimista, tanto en el sentido
personal y cotidiano del artista como la del espectador, otra,
el sentido heroico de la pintura universal y sus grandes maestros,
y otra, la transgresión de los valores de la pintura
tradicional.
Son las memorias, son los objetos heredados (la
tacita de plata, el zapatico de cuando tenía un año,
el pie de la lámpara de cuando tenía nueve, las
pequeñas cosas que se hacen inmensas al ser heredadas
de la madre fallecida) son los enseres de su mitología
de lo cotidiano, así es el título de la muestra
(una manzana en la que solo queda el centro después de
ser comida, platos, cuchillos y tenedores, jarras , vasos),
que de tanto ser reales se convierten en una nueva dimensión
espacial objetiva y subjetiva, aquella en la que se conjugan
dos situaciones perceptuales, la de ver la realidad del objeto
y la de lo que está detrás de ellas, la que para
Barboza, es “retratar lo que no se puede ver” .
Son los enseres de su mitología de lo cotidiano, repetidos
hasta convertirse en obsesiones.
También utiliza objetos que se salen del
marco de su espacio sentimental. Aquellos que le atraen en la
calle, en la frutería, en el supermercado, en casa de
amigos o cuando está tranquilamente sentado en el parque,
pero éstos no son aceptados a primera vista como posibles
participantes en el “festín”. Debe suceder
un acto de magia afectiva para que entren a su universo. Barboza
aclara que para nutrir su imaginario “ con otros objetos
que no son los míos, debe establecerse el enamoramiento,
tengo que enamorarme de ellos”. (5) Infaliblemente el
artista necesita de la fuerza de la parte afectiva y emocional
para concebir idealmente su iconografía, la cual al final
va a presentar como una develaciòn. Barboza prueba sentimentalmente
el material en busca de la forma que exprese el motivo de la
pintura.
Los enseres aparecen en la pintura de Diego Barboza desde el
inicio de los años noventa. En obras de 1992, puede verse
la presencia de objetos sobre una mesa que, con significado
temático ambivalente, puede estar lista para antes o
después de una comida, un buen ejemplo es la tela “Después
del Taller”. A partir de allí se intensificó
su interés, hasta realizar su última serie de
1998.
Actualmente son sus invitados de honor los grandes
maestros de la historia de la pintura universal que han pintado
bodegones, Barboza con los suyos le rinde un homenaje. Homenaje
a Caravaggio, es la rendición ante el artista que pintó
el primero conocido de la historia, muy especialmente invitado
a su taller. No pudiendo faltar el maestro de Aix-en-Provenze,
al gran creador de hermosos bodegones le dedica su Homenaje
a Cézanne, en quien plásticamente se apoya, sobre
todo en su propuesta de perspectiva quebrada. Al mencionar al
mencionar a Cézanne recordamos las palabras de Henry
Brooks Adams “un maestro llega a la eternidad; nunca puede
decirse cuando se detiene su influencia”
En una suerte de parafraseo visual, Barboza se
apropia de una situación plástica al usar, por
ejemplo algunos elementos que aparecen en los bodegones de los
“Maestros Invitados”. No se trata aquí de
parafrasear un carácter ni una atmósfera plástica
sensible y afectiva sino de resolver los problemas conceptuales
y formales planteados de un ejercicio personal de reflexión
intelectual y del desarrollo de un lenguaje plástico
personal. Se opera entonces el complejo proceso de desconstrucción
de los objetos de la realidad y su construcción sobre
la superficie del soporte, tela o papel.
De sus apropiaciones de Cézanne con sus
naranjas, de Caravaggio con sus manzanas y uvas o de Van Gogh
con sus girasoles, no puede hablarse de desacralización,
puesto que ellas son meditaciones íntimas llevadas a
cabo a partir del corazón, ellas están guiadas
por el amor y por un sentido de belleza.
Lo Formal
La serie Seres y Enseres Mitología de lo Cotidiano
(6), la conforman bodegones que parten de apuntes y dibujos
realizados en la línea valorizada, como ejercicios mentales
y manuales hechos a la manera de la fotografía dislocada,
pero en perspectivas desarrolladas en el arte digital. En términos
más prosaicos, pero tal vez más poéticos,
los objetos parecen ser vistos a través de los espejos
convexos o cóncavos propios de los parques de atracciones,
esta semejanza es bastante más clara en el tratamiento
de la figura humana. En estos apuntes se establece la relación
emocional entre el artista y el objeto individual y autónomo.
Los objetos susceptibles de atraer su atención, primero
son reconstruidos en su taller y luego en la realidad visual
del soporte tela o papel. El taller limpio y ordenado que en
momentos se siente como invadido por platos con restos de comida
en descomposición, por frutas mordidas o a medio comer,
por vegetales o panes ya casi petrificados o por objetos desvencijados
o en buen estado de conservación. La comida, como otro
aspecto autobiográfico, es una parte importante de la
vida de Diego Barboza. El bodegón (o naturaleza muerta),
aparece como el modelo vivo en el taller y a partir de él
comienza Barboza a trabajar la tela, siempre de adentro hacia
afuera, hasta terminar en la superficie valorizando el primer
plano. Así está servida la mesa con la parafernalia
que caracteriza el principio o el final de una comida, o la
naturaleza muerta con su superficie enmantelada llena de naranjas
o cualquier otra fruta. Al final los objetos invaden el espacio
del espectador. Su presencia es insoslayable.
El artista no impone artificialmente un orden en la configuración
de la totalidad de la superficie, el deja que los objetos dicten
e impongan sus formas de acuerdo a las cualidades intrínsecas,
explorando las posibilidades estructurales de la línea
y del color. Así produce imágenes enérgicas
que al analizarlas no dejan de ser ideas que subsecuentemente
son expresadas sobre la tela. No trabaja Barboza con la memoria
solamente, ni con el azar. Desde el punto de vista plástico,
la estructura de la obra ha sido calculada de antemano. El fuerte
arabesco lineal y la energía del color, producen un impacto
en el espectador que le permite apreciar la fuerza física
de las imágenes, no siendo éstas agresivas, contribuyen
a exaltar el sentimiento de ternura que recorre la superficie
pictórica Aspectos del cubismo, del cine, de la computación
gráfica, de la fotografía en movimiento, entran
en juego en el momento de analizar la estructura de la pintura,
sea el óleo o el pastel, siendo preciso añadir
el carácter barroco sintetizado en la forma sinuosa y
en permanente movimiento. Las capas de pintura se yuxtaponen
unas a las otras hasta estructurar una compleja composición
sobre la cual el artista mantiene el control. El sabe exactamente
como manejar las formas y sus contornos para que no se dispersen
o desordenen sobre la superficie, formulando así una
percepción del espacio y la profundidad en movimiento.
La estructura de la obra parte de una perspectiva en planos,
desde el primero hacia dentro, en relación inversa a
la manera de trabajarla el artista, quien parte desde adentro
hacia afuera. Es una perspectiva que se acerca más al
proto-cubismo de Cézanne, se conforma como una idea cinematográfica
que se quiebra. Los objetos se tocan por una serie de diagonales
establecidas por la dirección que siguen las líneas
rectas que imponen los tenedores, cuchillos y otros elementos
a los que el artista presenta con cierta rigidez en comparación
con las ondulaciones de las otras imágenes, como los
perfiles de las sillas por ejemplo. Estas diagonales evitan
la dispersión de las imágenes, concretizándolas
sobre la superficie que habitan. En su distorsión de
las imágenes se asientan en el espacio pictórico
gracias al color y a su significado en relación de uno
a los otros así como también al ritmo que concretiza
la composición del campo pictórico. La disposición
de los objetos-formas crea una tensión dinámica
sobre el plano pictórico. La ilusión de profundidad
no existe como representación ilusoria sino como una
interacción de forma y color. Al resolverse los problemas
plásticos en un primer plano cuya visual proviene de
abajo, el asunto dl espacio pictórico y afectivo en relación
al espacio tiempo, Barboza lo resuelve satisfactoriamente gracias
al componente sentimental, a él le interesa “la
relación del espacio con la figura; que la acción,
la huella, el Ser, representen un sentimiento mío. Yo
veo la relación espacio-tiempo como un sentimiento”
(7)
Epílogo
Para Barboza es más importante la esencia antes que la
temática. Entre los objetos el Ser está presente
en su ausencia. El pasado es el protagonista de un hecho presente
como en Después de la Cena o Después del Almuerzo.
Es la exploración del sentimiento en el exterior e interior
de sí mismo y de las cosas. En 1988 declaró que
para él, el arte era un “continuo explorar, una
búsqueda constante dentro de una realidad que aún
me ofrece múltiples posibilidades” (8) Hoy, y mañana,
esa realidad todavía le ofrece “múltiples
posibilidades”
Bélgica Rodríguez
Caracas, Febrero 1998
Notas:
1.- Catálogo de la muestra en la Biblioteca Pública
Central “Dr. Julio, Padrón” Maturín,
s/f.
2.- Conversación con Yasmín Monsalve. Caracas,
Agosto 1996.
3.- Catálogo de la exposición en la Galería
Juan Ruiz. Maracaibo, Junio 1996.
4.- Carlos Silva. Catálogo de la exposición en
el Centro de Arte Euroamericano. Caracas, Septiembre 1991.
5.- Conversación entre DB y BR.
6.- Tomado de un texto de Carlos Silva.
7.- Entrevista con Moraima Guanipa. Diario El Globo, Marzo 1993.
8.- Declaraciones a el diario El Universal.
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